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Lunes 15 de junio de 2026 - 01:00 AM

No violencia, honestidad

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No lo digo yo, que no tengo pretensiones; lo dijo Albert Camus hace sesenta años: “Hay que defender al hombre concreto por encima de cualquier ideología totalitaria”. Él, que también definió la democracia como “un ejercicio de modestia”, entendió que la libertad solo puede sobrevivir allí donde se desconfía de las verdades absolutas y de quienes creen poseerlas.

En tanto que vivimos tiempos de confusión, esa lección parece urgente para Colombia. Acá, la discusión pública se ha ido llenando de insultos, sospechas y resentimientos. Cada día resulta más fácil descalificar al otro que escucharlo; más cómodo etiquetarlo que comprenderlo. Como si cargáramos una antigua condena: no somos capaces de reconocernos en nuestras diferencias.

Nuestra historia está atravesada por esa tragedia. Durante décadas, los colombianos hemos aprendido a dividirnos por colores, por partidos, por ideologías y por caudillos. Este país, encomendado hipócritamente desde la Guerra de los Mil Días al “Sagrado Corazón de Jesús” por la paz. Pero, cuando eso ocurre, la convivencia se deteriora y la violencia encuentra terreno fértil para crecer. La historia lo recuerda. Donde una sociedad deja de ver personas y comienza a ver categorías, bandos o enemigos, la dignidad humana termina subordinada a una causa. La intolerancia, el fanatismo y la deshumanización siempre comienzan de la misma manera, esto es, convenciendo a unos de que otros valen menos, de que merecen ser excluidos o silenciados.

Por eso Camus sigue siendo un referente de lucidez. Porque defendió la libertad de conciencia, la dignidad de la persona y el derecho a disentir. Porque entendió que ninguna idea, por noble que parezca, justifica la humillación o la destrucción. Porque se negó a sacrificar al individuo en nombre de las grandes doctrinas.

En otro lugar escribía: “Tras el asesinato del rey y de Dios, el hombre está solo en el mundo. Nada tiene sentido”. Cuando desaparecen los límites morales y se pierde el respeto por el otro, surge lo que hoy vemos con demasiada frecuencia: odio irracional, ausencia de argumentos, desprecio por la verdad y una creciente disposición a destruir y destruirnos.

Y destruir es tan fácil. Se destruye una reputación con una mentira. Se destruye una amistad con el fanatismo. Se destruye una nación cuando la mitad de sus ciudadanos comienza a considerar que la otra mitad es un obstáculo y no una comunidad. Por eso conviene recordar otra afirmación de Camus, tan sencilla como profunda: “Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

El desafío de nuestro tiempo es recuperar el respeto y el amor por las personas concretas. Antes que militantes, electores o adversarios, somos seres humanos. Antes que miembros de un bando, somos padres, hijos, amigos, trabajadores, ciudadanos que comparten una misma tierra. Cuando una idea vale más que una persona, la violencia ya ha comenzado.

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