Hace menos de un mes, un periodista de la BBC, durante una rueda de prensa en la víspera de la inauguración del Mundial, le preguntó a Gianni Infantino si no le daba vergüenza haber perdido el control de su propio torneo por cuenta de las escandalosas decisiones de las autoridades estadounidenses en contra de la selección iraní y de Omar Abdulkadir Artan, el mejor árbitro de África.
Y cuando pensábamos que la desfachatez de la FIFA no podía ir más lejos, estalló el escándalo de Balogun, que a mí me recordó el Mundial de 1978 y la sospechosa visita del dictador argentino Jorge Videla y del secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, al vestuario de la selección peruana antes del polémico 6-0 que metió a los gauchos en la final frente a Holanda.
Trump, quien debe entender de soccer lo que entiende de justicia, pensó que meter a la selección estadounidense en la siguiente ronda del Mundial, que aspiraban a ganar, era tan fácil como intervenir en las elecciones de Argentina o Colombia. Por eso no tuvo ningún escrúpulo en llamar a Infantino para que Balogun, goleador del equipo gringo, pudiera jugar ante los belgas, pese a la suspensión automática que pesaba sobre él tras ser expulsado en el partido contra Bosnia-Herzegovina por un pisotón sobre Tarik Muherovic. Y el presidente de la FIFA tampoco vio ningún problema en cruzar esa línea roja con tal de darle gusto a su amigo, quien además tuvo la desfachatez de calificar de “horrible y sospechosa” la decisión del árbitro brasileño que expulsó a Balogun.
De nada valieron la reclamación de la Real Federación Belga de Fútbol ni las críticas de la UEFA e, incluso, del inefable expresidente de la FIFA, Sepp Blatter, quien escribió a través de X: “El fútbol nunca debe convertirse en un campo de juego para el poder político”. Trump indultó a Balogun, así como lo hizo con el narcotraficante y expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández.
Pero el fútbol tiene razones que la soberbia de los poderosos ignora y, en la cancha, el equipo de De Bruyne y Vanaken, con un doblete de Charles De Ketelaere y un golazo de Lukaku, despachó a Estados Unidos con una goleada que, de paso, les recordó a Trump e Infantino que la pelota no se mancha.











