La semana pasada Viviane Morales fue designada Ministra de Educación del nuevo gobierno.
Morales, quien ha hecho carrera defendiendo la familia tradicional y atacando los derechos de las personas LGBT, se ha divorciado dos veces y tiene una hija lesbiana.
Eso, por supuesto, no tiene nada de malo. Lo menciono porque es un buen ejemplo de cómo se instrumentalizan las narrativas sobre “la familia” (en singular y mayúscula) para ganar réditos políticos y económicos.
Morales dice defender las familias y los niños del país mientras se beneficia de logros feministas como el divorcio, y ataca la dignidad, los derechos y el bienestar emocional de su propia hija.
Esto debe servirnos para reflexionar sobre los discursos del nuevo gobierno.
Más que una defensa de la familia colombiana, lo que De la Espriella, a través de Morales y otros, propone es un ataque a las verdaderas familias del país.
Al empeñarse en imponer un solo modelo familiar como el único moral y socialmente deseable, menoscaban la dignidad y los derechos de las familias reales.
Porque la realidad es que las familias colombianas siempre han sido diversas.
La antropóloga Virginia Gutiérrez de Pineda, hoy en el billete de 10 mil pesos, escribió Familia y Cultura en Colombia en 1968. Mucho antes de que el matrimonio y la adopción igualitarios, las infancias trans o el feminismo fueran parte del discurso y las políticas públicas, Gutiérrez de Pineda demostró que la mayoría de las familias del país estaban conformadas por madres cabeza de familia, personas separadas o conviviendo sin casarse, o redes de parientes criando juntas, entre otras.
Hoy, el 48,7 % de los hogares tampoco está conformado por “mamá y papá” (DANE, 2025), sino por mujeres, en su mayoría criando en contextos de paternidades irresponsables y satelitales.
Por eso, les invito a que no nos dejemos manipular.
La familia, en singular y con mayúscula, no existe. Existen las familias: distintas, caóticas, amorosas, trabajadoras, maravillosamente únicas y nuestras.
Dejemos de idealizar familias que nunca han sido la norma para la mayoría y de recompensar los discursos que las instrumentalizan, y empecemos a reconocer y celebrar nuestras verdaderas familias.











