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Jueves 09 de julio de 2026 - 01:00 AM

Movilidad social

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Hace 10.000 años, un hombre igual a nosotros golpeaba una lidita contra otra a orillas del río Sogamoso. Por su habilidad artesana, se desprendía de ese núcleo sedimentario un conjunto de lascas que luego pulía para obtener puntas de flechas, buriles, raspadores, navajas y cuchillas que le permitían cazar y alimentar a su familia. Si comparamos a ese hombre con las últimas cuatro generaciones de una familia típica santandereana, tomada al azar, tenemos el siguiente patrón: el bisabuelo, arriero de recuas de mulas; el abuelo, médico especializado; la madre, funcionaria del Banco Mundial, la hija, artista plástica formada en Nueva York.

Un sociólogo diría: maravilloso ejemplo de la movilidad social acaecida en Santander. Tal como ocurrió en el corazón andino que votó mayoritariamente por el nuevo presidente, porque los exteriores de ese centro político votaron por su rival. ¿Qué sucedió en esos territorios más alejados de la antigua capital del virreinato? Que el proceso de movilidad social ha marchado con mayor lentitud, en buena medida por las resistencias que esas sociedades oponen al cambio generacional, y también por las deficiencias de sus instituciones de instrucción, y las de difusión del ideario liberal que debió insistir en la autonomía y responsabilidad individual del ciudadano.

Pero lo que más sorprende entre los afortunados santandereanos, grandes beneficiados de la movilidad social, es que no abandonan el espíritu fatalista de los bisabuelos. “El mundo se va a acabar”, repiten frente a sus copas de vino, o por lo menos “algo malo viene en camino”, mientras alimentan con concentrados a sus costosas e inútiles mascotas. Esa incoherencia entre sus magníficas vidas y su mentalidad fatalista no deja de sorprender a los foráneos. No tiene sentido alguno la fatalidad en una gesta generacional de 10.000 años. Ya no somos la generación de la changua, sino la del sushi y el ramen, o la de la pizza y la lasaña. Los bisnietos que vienen en camino probablemente vivirán en un país mucho más desarrollado, porque sus exigencias son mayores que las nuestras, y mientras tanto los caucanos seguirán añorando los servicios de la Pachamama. ¡Mucho ser!

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