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Columnistas
Sábado 11 de julio de 2026 - 01:00 AM

Los linderos del olvido

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Caminar por el Cañón del Chicamocha es comprender el peso de la fatalidad y la grandeza de la tenacidad humana. En este paisaje hostil, retratado en la novela Siervo sin tierra —publicada en 1954 por el escritor colombiano Eduardo Caballero Calderón—, se funden el rigor geográfico y la tragedia social. Entre la greda amarilla y tosca de este imponente cañón, de lomas ásperas y estériles, transcurre la vida de Siervo Joya, un campesino boyacense que encarna la paradoja del labriego: aquel que araña la abundancia en un desierto de aguas tibias y cenagosas, pero que jamás logra poseer el suelo que fertiliza con su sudor.

La historia de Siervo Joya es la crónica de una tenacidad inquebrantable. Junto a su mujer Tránsito, su hijo Siervito, sus cabras y su fiel perro Emperador, desafió la hostilidad de la naturaleza. Vestidos con ruana y sombrero de alas anchas y aliviando las jornadas con chicha de maíz, la familia ascendía por el camino de la peña cargando bultos de maíz. Parecían hormigas culonas, diminutas ante la inmensidad de la montaña, pero gigantes en su voluntad. Con un rústico chuzo abrían la tierra estéril, esperando con fe ciega las lluvias de Semana Santa para ver brotar el milagro.

El motor de Siervo era un anhelo simple pero inalcanzable: comprar un terrenito de la vega al que llamaría El Bosque. En esa parcela soñada sembró un naranjito y dos mirtos para señalar el lindero.

Esa obsesión lo mantuvo a flote incluso frente a falsas ilusiones, como el absurdo negocio de la fabricación de billetes o los trucos del oficio de tabacalero que aprendió en vano. Jamás abandonó el pensamiento hincado en la tierra; por el contrario, agradecía su mazamorra diaria sentenciando con lucidez: «Para vida buena no hay como la tierra de uno».

Sin embargo, la tierra que anhelaba fue también su condena, fracturada por el odio bipartidista. Esa fractura social me evoca una frase que solía escucharle a mi propio abuelo para explicar el eterno enfrentamiento entre liberales y conservadores: «Son de los mismos y nosotros somos de los otros». Por el solo hecho de ser liberal de nacimiento, Siervo pagó tres años de cárcel en Santa Rosa y, tras escapar, recibió sendos culatazos en los riñones que minaron su salud.

A más de medio siglo de su publicación, más allá de la violencia, la tragedia de la novela radica en su desesperante condición kafkiana: la eterna búsqueda de la supervivencia para acceder a un castillo inalcanzable. Siervo Joya se debate en un laberinto de escrituras, promesas políticas y linderos invisibles. Su cruzada no es solo contra los chulavitas o el paisaje inhóspito; Siervo sin tierra sigue siendo un espejo incómodo de la Colombia rural: un territorio donde los desposeídos siembran la vida, pero solo cosechan el olvido.

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