El 3 de octubre de 1821, en la sacristía de la villa del Rosario donde sesionaba el congreso constituyente, fue interrumpida la reunión. Había ingresado, acompañado por una comisión de diputados, el primer presidente electo de la República de Colombia, Simón Bolívar. Una vez prestó el juramento de obediencia a la constitución, en las manos del presidente del cuerpo legislativo, agradeció a los representantes del pueblo su elección. Comenzó así una tradición, que ya completó dos siglos, de acatamiento del jefe del ejecutivo al cuerpo representativo de la nación. Esa tradición de posesión del presidente de la república tiene un protocolo consolidado: ingresar al recinto donde está reunida la legislatura, escoltado por una comisión de diputados; interrumpir la sesión, prestar el juramento y pronunciar una alocución agradecida, tras lo cual presidente del Senado le responde para encargarle que gobierne para toda la nación y resuelva los graves problemas con urgencia.
Así era hasta que llegaron los presidentes caprichosos que, según la semántica de la palabra italiana, tendrían la cabeza erizada por antojos extravagantes. Las novelerías comenzaron cuando el presidente saliente tentó la paciencia de los legisladores, haciéndoles esperar media hora mientras le traían una espada que blandió al aire desafiante, una novedad ridícula y desvergonzada. Y le siguió el hoy legítimamente elegido, a quien se le ocurrió una novedad espacial: posesionarse de su empleo en una guarnición militar lejana, como si estuviésemos hoy en medio de una guerra civil.
En esta ocasión vamos a aprender cómo es que estamos en el asunto de la calidad de nuestros legisladores. Si tienen temple de autonomía, lo convocarán a su sesión del 7 de agosto para que ingrese, acompañado de una comisión de los suyos, interrumpa la sesión y jure acatar la carta constitucional de 1991. Y sanseacabó. Pero si prefieren mostrar sus valientes posaderas al aire descubiertas, podrían subirse en un bus de Expreso Bolivariano para irse al sur del país, a la guarnición militar que el caprichoso escoja. Tendremos la oportunidad de saber si el poder legislativo es independiente, como manda la constitución, o si los legisladores son una partida de pusilánimes paniaguados.












