“Es ahí donde vive la magia de la mentira en tiempos de redes sociales: sin contexto ni tiempo, en dosis dispersas o retazos, cualquier denuncia parece seria si tiene suficiente maquillaje: la música ceremoniosa y la iluminación, el tono grave del periodista, el ritmo frenético de imágenes y documentos. Al final no sabemos bien qué vimos, pero concluimos que se trata de algo grave”.
Encontré, en el párrafo anterior, la mejor explicación sobre cómo la acusación hecha al periodista y presentador Rafael Poveda, por una mujer que lo señala de haberla agredido sexualmente hace siete años, y la reacción del implicado, terminó siendo un cuadrilátero de boxeo al que cayeron botellas de todas partes, principalmente, por la forma en que el episodio se ventiló públicamente y que deja una primera conclusión: el lugar para dirimir este tipo de casos, por su gravedad, es en un estrado judicial, no por cuenta de los fanatismos que se parapetan detrás de las redes sociales.
Con ello claro, hay un par de detalles que valen la pena poner sobre la mesa. Uno es que el supuesto agresor decide ir a la carga, es decir, logra revertir la acusación en su contra haciendo lo que mejor sabe: construir un relato que dejó en el aire la sensación de que no tuvo derecho a la réplica antes de que el caso fuera publicado y puso contra la pared a tres periodistas del colectivo Yo te creo, colega, iniciativa creada en marzo de este año para, precisamente, darle voz a cientos de mujeres abusadas en medios de comunicación, revelando el contenido de una llamada que, al final, desató numerosas reacciones por la forma en que se desarrolló la conversación.
“Me preocupa especialmente el papel de las periodistas de Yo te creo, ya que, entiendo el periodismo como una actividad con tendencia a la neutralidad y no en el papel de fiscal, juez o terapeuta. Su obligación elemental es contrastar, preguntar, dudar, verificar”, escribió un comentarista espontáneo en X sobre esa conversación entre las reporteras y el presentador, haciendo ver el otro detalle, no menor: el activismo en el ejercicio del periodismo.
¿En dónde se traza la línea que divide lo uno de lo otro? La periodista Laura Ardila Arrieta lo explica de la siguiente manera: “El problema del periodismo activista es que no le interesa entender sino convencer. Es una renuncia a la duda y a la complejidad del mundo”. Flaco favor se hicieron, de lado y lado, porque este tipo de diferencias sirve de chispa para exacerbar el matoneo, revictimizar a las personas agredidas, vulnerar el derecho al buen nombre y, cómo no, en un país como el nuestro, poner en riesgo hasta la vida misma.











