No hace falta esperar el futuro, ni soñarlo, ni volver a idealizarlo: ese tiempo ya está aquí.
No me refiero al futuro como el momento que no ha sucedido y que desconocemos. Hablo del futuro que vislumbramos en relatos ficticios, donde ciencia y tecnología dotaban a la sociedad de eficacia, velocidad y confort. Relatos de todo tipo en los que, también en el futuro, existían las guerras, el control y la necesidad de escapar de la instrumentalización y la frivolidad imperante. Ese tiempo ya está aquí, lo estamos viviendo.
Ese “futuro” hace parte del presente y se experimenta de manera distinta, según el desarrollo de cada país. Un habitante del primer mundo no percibe el rol de la tecnología como lo hace un habitante de Latinoamérica donde, por ejemplo, tiene que transitar a diario por vías en mal estado con una defectuosa red de semáforos.
Aunque estas condiciones del entorno permean la mentalidad de cada individuo, algo nos hace sentir como si todos habitáramos el mismo país: la ilusión de conectividad. Ilusión que le da sentido a la realidad de millones de personas que utilizan su teléfono inteligente. Si hay algo que, culturalmente, acercó el futuro, fue este dispositivo que, gracias a Internet, se convirtió en un puente hacia la información y el conocimiento. O, por el contrario, hacia el esparcimiento y el entretenimiento desmedido, que puede desembocar en sofisticadas formas de ignorancia.
Esta multiplicidad en los usos de Internet la equiparo con algo que brinda otro camino de aparente elección humana y que recientemente alarmó al mundo al demostrar que la capacidad de elegir no es sólo nuestra: los sistemas de Inteligencia Artificial.
Mientras que multitudes le piden consejos a las IA o las utilizan con fines creativos, fraudulentos o de entretenimiento, estas lograron, —en otras áreas de trabajo— desalinearse de su programación, buscando soluciones para tareas más grandes, llegando incluso a cambiar de misión o de proceso para alcanzar un objetivo más satisfactorio, a partir de las inexactitudes en los parámetros con los que fueron creadas. Presenciamos una especie de “desobediencia” como en el mito bíblico del Génesis, ahora desde una creación digital que, por sus cualidades y desempeño reciente, demostró estar hecha a nuestra imagen y semejanza. ¿Sorprendente?

Hay gente que no se sorprende. En el futuro que ya está aquí, los gobiernos autoritarios —que se abanderan en la libertad para ejercer su tiranía— no se detendrán hasta dominar este nuevo poder. Multitudes enteras no lo notarán, pues estarán ocupados interactuando con la IA, gestionando su imagen entre redes, tendencias y viralidad. Otros, en cambio, se armarán de paciencia buscando un futuro donde encuentren a alguien capaz de conversar sin estar revisando su teléfono celular.











