Durante años era frustrante ver cómo el Estado se sentaba a hablar con los criminales como si fueran una contraparte cualquiera. Siempre una excusa, que dónde se concentraban, que qué gesto hacía falta. Y en clase llegábamos a explicar a un joven estudiante que si alguien cometió un delito le toca responder, y al mismo tiempo veíamos por televisión que a los cabecillas los trataban con una paciencia que a nadie más se le tiene. Una absoluta barbaridad.
Por eso la nueva ley de sometimiento me parece un acierto, sobre todo por la idea de fondo. El Estado pone sus condiciones y el que quiera se acoge, y el que no quiera se queda con sus órdenes de captura y sus solicitudes de extradición, que la ley no suspende. Así de sencillo. Ya el criminal no impone condiciones.
Y las condiciones, en la nueva ley, no son un beneficio. Hay que dejar las armas, identificarse, entregar a los secuestrados y a los niños reclutados, contar dónde están los desaparecidos y soltar los bienes. A cambio se puede obtener una rebaja de hasta la mitad de la pena para un integrante y de hasta el treinta por ciento para quien mandaba, con la salvedad de que los que tuvieron mando no pueden quedar con sanciones no menores de diez años. Todo eso se pacta con la Fiscalía y no en una oficina del Gobierno, que para mí es lo más importante de la norma.
Creo fielmente que premiar al que colabora no es debilidad. Hace años que el derecho penal funciona así, el que dice la verdad y repara recibe algo distinto de quien se niega, y no veo por qué con los grupos armados tendría que ser diferente. Lo que no puede ser es que dependa del humor del presidente de turno.
Ahora, también tengo mi reparo y prefiero decirlo de una vez. Una ley se juzga por cómo se aplica, y esta se aprobó casi a medianoche y a las carreras, como lo reclamó la oposición, que en eso tiene algo de razón. Si los preacuerdos se firman sin verdad comprobada, sin bienes de verdad y sin escuchar a las víctimas, el sometimiento va a terminar siendo impunidad con otro nombre. Ahí nos va a tocar a los abogados, a los jueces y a la prensa estar encima.
Aun así, en la Cámara votaron noventa y cinco a favor y diez en contra, y eso dice bastante. Creo que el país ya estaba aburrido de rogarle a quienes lo han maltratado. Que se acojan los que quieran, bajo reglas claras, y que los demás sepan que el Estado ya no se sienta a recibir condiciones de los bandidos.
Anécdota: resultó mejor Ministro del Interior el Ministro Cancino que cualquier otro político de toda la vida. Enhorabuena.











