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Sábado 07 de noviembre de 2026 - 01:00 AM

¿Qué nos pasó como sociedad?

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Es una pregunta que me hago casi a diario cuando pienso en Colombia. ¿Por qué un país privilegiado por la naturaleza, con enormes riquezas, gente trabajadora y un extraordinario potencial humano, no ha logrado construir el desarrollo y el bienestar que merece?

Escribo estas líneas de regreso de una visita de trabajo a empresas y hospitales en China. Vuelvo profundamente impresionado, con una mezcla de admiración, tristeza y esperanza al pensar en nuestro país.

Hace apenas unas décadas, China era más pobre que Colombia. La pobreza extrema hacía parte de la vida cotidiana de cientos de millones de personas, pero esa nación decidió cambiar su destino. Bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, la figura política más poderosa de la República Popular de China en la década del 70, inició una transformación histórica, convencida de que la riqueza debe generarse antes de poder distribuirse y de que la educación, el conocimiento, la investigación, la innovación y el desarrollo empresarial son los cimientos de la prosperidad.

El resultado es asombroso: ciudades modernas y hermosas, llenas de jardines; una infraestructura sorprendente; empresas que compiten con las mejores del mundo; universidades y centros de investigación que producen conocimiento, y una sociedad que parece compartir una misma visión de futuro. China ha declarado la erradicación de la pobreza extrema, uno de los mayores logros sociales de nuestra época. Tiene, por supuesto, problemas y contradicciones, pero es imposible desconocer la magnitud de su transformación.

Durante el viaje visité también el Hospital Cardiovascular afiliado a la Universidad de Xiamen, la llamada Ciudad Jardín. Su nueva sede, inaugurada hace poco, parece salida de una película sobre el futuro: un hospital público que reúne arquitectura extraordinaria, tecnología de punta, investigación e innovación al servicio de una medicina centrada en el ser humano.

Sin embargo, lo que más me impactó no fue solo su infraestructura, fue entender lo que esa institución representa: la capacidad de una sociedad para convertir una visión de futuro en realidades concretas. Mientras recorría sus pasillos, era inevitable pensar en Colombia. ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento la confrontación política se volvió más importante que el progreso colectivo? ¿Cuándo dejamos de exigir que la honestidad, la integridad, el respeto y el ejemplo fueran condiciones indispensables para ejercer el liderazgo?

Es doloroso contrastar lo que vi en China con las noticias que leemos a diario en nuestro país. Los escándalos de corrupción que rodearon al gobierno anterior, las investigaciones por el manejo de los recursos públicos y las denuncias de personas cercanas a esa administración, que hablan de presuntos favores sexuales a cambio de contratos y de consumo de drogas, dibujan un panorama profundamente preocupante. Son acusaciones que deben esclarecerse con todas las garantías del debido proceso. Pero el solo hecho de tener que discutir si el poder del Estado pudo usarse para satisfacer intereses personales debería llevarnos a reflexionar seriamente sobre la calidad ética del liderazgo que estamos dispuestos a aceptar.

Y el problema no es de un solo gobierno. La corrupción, el clientelismo, la falta de continuidad y la incapacidad para construir consensos nos han acompañado durante décadas. Parece que nos acostumbramos a discutir cómo repartir una riqueza que todavía no hemos aprendido a generar en la medida que necesitamos.

No nos faltan inteligencia ni capacidad. Tenemos jóvenes talentosos, empresarios extraordinarios, profesionales que pueden competir en cualquier lugar del mundo y una geografía privilegiada. Lo que nos ha faltado es continuidad, una visión compartida y la decisión colectiva de construir un proyecto de país que trascienda a los gobiernos y sus diferencias ideológicas.

El desarrollo no llega con discursos ni con la búsqueda permanente de culpables. Se construye con educación de calidad, instituciones sólidas, seguridad jurídica, investigación, innovación, infraestructura y un Estado que facilite, en lugar de obstaculizar, la capacidad creadora de sus ciudadanos.

No se trata de copiar el modelo político chino. Nuestra democracia, nuestras libertades y nuestra diversidad son fortalezas que debemos preservar. Pero sí podemos aprender de su capacidad para planear, ejecutar y sostener objetivos nacionales durante décadas.

Regreso convencido de que Colombia puede lograr una transformación extraordinaria. Para conseguirlo debemos recuperar algo esencial: la ética, la confianza y la capacidad de trabajar juntos por un propósito superior. Tenemos que dejar de pensar en las próximas elecciones y empezar a pensar en las próximas generaciones.

La pregunta no es solo qué nos pasó como sociedad. La verdadera pregunta es qué estamos dispuestos a hacer, juntos, para cambiar nuestro destino.

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