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Sábado 07 de noviembre de 2026 - 01:00 AM

Los nuestros no son eternos

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Hay cosas que solo entendemos cuando nos pasan. La enfermedad, el paso de los años y la fragilidad de la vida las miramos con distancia, como si fueran asunto de otros, hasta que un día tocan nuestra puerta.

Hoy mi papá está hospitalizado. Todo comenzó con un dolor de espalda y, desde entonces, su salud se ha deteriorado. Tristemente, su pronóstico no es bueno.

Mi papá es un hombre humilde, honrado y trabajador. Comenzó a trabajar a los nueve años, estudió apenas la primaria, fue mecánico y después conductor. Lo vi hacer enormes esfuerzos por salir adelante, pero las cosas no siempre salieron bien; eso nos costó mucho, especialmente a él.

Está por cumplir 72 años. Llega a esta edad enfermo y con una pequeña pensión. Su historia se parece a la de millones de colombianos que trabajaron toda su vida y enfrentan una vejez con limitaciones.

A mis 43 años, esto me ha hecho reflexionar. Y es que, si Dios lo permite, todos vamos a envejecer y algún día moriremos. Inevitable concluir que los años traen experiencia, pero también el desgaste del cuerpo, y de eso nadie se salva.

No soy un hombre afectuoso. Me cuesta expresar lo que siento y suelo vivir los dolores del alma en silencio. Sin embargo, no puedo ocultar cuanto duele pensar que mi papá pueda irse antes de lo que imaginaba.

Como todos, mi papá cometió errores. Discrepé de muchas de sus decisiones y algunas me lastimaron. Pero hace años dejé atrás esas diferencias. Decidí quererlo y honrarlo, más allá de sus aciertos y equivocaciones.

El último año lo compartimos alrededor de un pedazo de tierra que bautizamos Villa Ana, en honor a nuestras Anas: mis dos abuelas y mi amada hija. Él se fue a vivir allá y se echó la finca al hombro, eso nos permitió recuperar nuestra relación de padre e hijo. Por eso le agradezco a Dios y a esa tierra.

Todo esto me llevó a escribir estas líneas, sobre todo para recordar que debemos valorar cada día, porque los planes pueden cambiar de repente. Eso de “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” cobra especial sentido cuando se trata de los nuestros, pues puede que no haya mañana.

Vivimos preocupados por trabajar, producir, acumular y alcanzar una vida mejor, especialmente quienes venimos de abajo. Y en esa carrera dejamos para después lo verdaderamente importante.

Por eso, llamemos a papá, visitemos a mamá, abracemos a los que queremos, reconciliémonos con ese familiar y digamos lo que sentimos mientras podamos.

Porque, aunque nos cueste aceptarlo, los nuestros no son eternos.

A mi papá quiero decirle que lo amo, que le pido a Dios que le devuelva la salud, que lamento el tiempo que desperdiciamos y que, pase lo que pase, está en mi corazón.

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