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Domingo 09 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Los goles del 75, eran de Vilarete

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De las pocas veces que Roberto Zarruk, mi padre, me llevó al estadio, fue el 28 de septiembre de 1975. Era domingo por la tarde y en el Torneo Finalización jugaron el Atlético Bucaramanga y el Deportivo Cali. Alrededor del Alfonso López había muchísima gente y nosotros entramos por la parte sur del escenario; las boletas las había comprado en el Mesón de los Búcaros don Jaime González, un amigo de papá. Pasamos por detrás de los hinchas que estaban apostados en el sector sur, encima del camerino del equipo dirigido por Víctor Pignanelli, y nos ubicamos en la parte alta de la tribuna occidental, detrás del banco en donde se sentaban el técnico uruguayo y sus asistentes; uno de ellos, el inolvidable Antonio Mejía, de origen vallecaucano. Era una tarde soleada; de un momento a otro, el cielo se tornó gris y se vino encima un palo de agua que nos lavó a los 22.000 espectadores que habíamos ingresado al coliseo de la 14.

El Deportivo Cali no llegó con su nómina titular porque casi todos estaban participando en la Copa América con la Selección Colombia que dirigía Efraín ‘Caimán’ Sánchez. Ni Zape, ni Miguel Escobar, ni ‘La Mosca’ Caicedo; tampoco estaban en la lista Calero, Diego Umaña y Jairo Arboleda, ausentes del plantel vallecaucano dirigido por Rodríguez Seoane. Sin embargo, tenían un equipazo y venía como arquero Hernando ‘La Pinta’ García; los argentinos Barroso, Cardacci, Benítez y el paraguayo Arístides Del Puerto no daban para pensar que el equipo verdiblanco venía de paseo. Pero ‘Los Cuatreros’ de Pignanelli les dieron uno y ¡gratis! Apenas nos acomodamos en la gradería, Gillio empujó el primero; Arango tiró un centro y en el punto penal estaba el hijo del barrio Ancón en Santa Marta, Eduardo Emilio Vilarete Fernández, quien de potente frentazo sacudió el agua de las piolas de la portería sur. Gillio recibió un pase de Panesso y volvió a centrar un balón que Vilarete martilló contra la portería de los ‘azucareros’. El cuarto fue de penal, ejecutado por el brasileño. Arreglaron el partido en 45 minutos; aquí no le perdonaban la vida a nadie. Los 13 equipos del torneo se iban goleados.

Esa tarde, solamente esa tarde de septiembre, supe quiénes eran Eduardo Gillio y Eduardo Vilarete; días después, me iba a enterar cómo jugaban Papo Flórez, Pedro Ardila, el maestro Alfredo Arango, ‘Pitula’ Martínez, los paraguayos Zelaya, Bareiro y López, los defensores Gaviria, Ávila, Centeno, Ramírez y Hernández; también nos divertíamos con las atajadas y las locuras del guardameta argentino Osmar Miguelucci. A Vilarete lo apodaban ‘el loco’. En la cancha, “se convirtió en el hombre que hizo del golpe de cabeza en el área, un penal”, frase de Jotas Mantilla. Fuera del rectángulo era otra cosa; se volaba de la concentración con varios de sus compañeros, iban a fiestas en el barrio San Alonso, bailaba en ‘La Piragua’ y no precisamente la de Guillermo Cubillos. Se escabulló de una comisaría y tuvo que escalar un muro para llegar a tiempo a un partido dominical; era de los que parrandeaba, pero jugaba y rendía. La noche que el Bucaramanga perdía tres a cero con el Junior, Víctor Pignanelli entró envenenado al vestuario y les dijo de todo; Vilarete le respondió: “Tranquilo, profe, ahorita salimos y les hacemos cinco”. ¡Así fue! La semana pasada me llamó Crispiniano Vargas para contarme que a Eduardo le iban a amputar su pierna izquierda. ¡Me temblaban las mías, no supe qué decir! Hablé con la ‘Checa’ Ariza, con Carlitos Gaviria, con Papo Flórez. La noticia nos golpeó en el alma. Lo llamé hace ocho días; el que me contestó no era Vilarete, era un muchacho asustado, nervioso. Sonrió cuando le dije que Miguelucci siempre supo que él era el mejor bailarín de salsa. Luego pensé: ¿si nos convertimos en sus muletas?, ¿si entre todos lo llevamos cargado a donde él quiera? Seremos la prótesis que necesitas para caminar, para saltar a cabecear el balón que viene en el aire. ¡No llores! Llora el día que olvidemos tus goles, ¡como los del 75! Te queremos mucho, Dios te bendiga siempre.

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