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Columnistas
Domingo 09 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Presidente, confiamos en usted

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Colombia acaba de cerrar un ciclo. Los balances sobre seguridad, salud, primera infancia y el desplome de Ecopetrol —entre tantos otros fracasos de este gobierno— ya se evidenciaron hasta la saciedad. Informe tras informe, las cifras confirman el deterioro del país. Pero más allá de esos resultados, lo que de verdad nos deja el gobierno que termina es una herida más honda: el odio sembrado en el tejido de nuestra sociedad.

No es casualidad que Colombia haya llegado a este punto de polarización, donde una parte de los colombianos parece habitar un universo distinto al de la otra. Durante cuatro años se promovió la idea de que quien piensa diferente no es un compatriota sino un enemigo por derrotar. La paz, esa bandera convertida en el móvil electoral por excelencia, fue utilizada como herramienta de división. A lo largo de estos años, el discurso no buscó la reconciliación, sino sembrar caos y confrontación, porque ese es el combustible que alimenta el proyecto político de Petro.

Durante estos años escuchamos desde el atril presidencial una justificación constante de la violencia para validar su pasado guerrillero. Pero ese discurso dejó una huella devastadora: cuando un mandatario legitima la fuerza, le da permiso tácito a quien ejerce el poder —en la casa, en el trabajo, en la calle— para creerse dueño de la vida y la dignidad ajena.

El legado más triste es la fractura de la convivencia. Se sembró una lucha de clases que, lejos de empoderar a quienes más lo necesitan, alimentó el resentimiento en lugar de ofrecerles herramientas para salir adelante. En vez de incentivar la determinación y el mérito, se prefirió el “pobretismo”: victimizar al ciudadano y señalar al empresario como responsable de su desgracia. Es devastador el peso que eso pone en miles de jóvenes a quienes se les dijo que su falta de oportunidades era sentencia de un “esclavista”, y no un reto por superar.

Hoy, ante la llegada de un nuevo mandato, el reto más grande es restaurar la dignidad presidencial.

Señor presidente Abelardo de la Espriella: recupere la palabra. Tenga siempre presente que sus palabras serán semillas que germinarán en millones de corazones. Colombia necesita un líder que sepa que el cambio se construye sobre cimientos sólidos y que no se impone desde el poder. Queremos un presidente serio, centrado, que gobierne para todos, incluso para quienes hoy temen su llegada.

El liderazgo puede ser tóxico —como el que ejerció Petro, a punta de mentiras, populismo y manipulación— o puede ser un faro que nos devuelva la admiración por nuestra institucionalidad.

No podemos desconocer que la conexión de Petro con quienes se sentían invisibles fue la fórmula de su éxito: por primera vez muchos colombianos sintieron que el Estado los veía, y eso les dio un sentido de propósito, aunque en la práctica no recibieran nada tangible en cuatro años.

Ese capital humano no puede perderse. Su gran reto, señor presidente, es lograr que esos ciudadanos sigan sintiéndose vistos y necesarios, pero ahora al servicio de un propósito superior: Colombia. Cada persona, viva donde viva y piense como piense, debe sentir que tiene un papel en la construcción del país, y que su compromiso con la nación se alimente de amor por la patria, no de odio ni resentimiento. Ese sentimiento nace cuando los ciudadanos ven a un líder que inspira con el ejemplo y usa su capital político para resolver lo que realmente les angustia —seguridad, medicamentos, empleo— en vez de desgastarlo en confrontaciones inútiles.

Usted es el único que puede dictar la línea del tigre. Convóquenos a trabajar en equipo —incluso a quienes hoy temen o dudan de su proyecto, o a quienes simpatizan con usted pero sienten que no son parte de la solución—, pues la patria somos los que madrugamos cada día a trabajar honradamente, no los corruptos que saquean ni los narcoterroristas que matan.

Si logra que ese ciudadano se sienta protagonista de un proyecto serio, donde el éxito sea fruto del esfuerzo y no de la dádiva, habrá ganado la batalla más difícil. La gente está observando: es el momento de demostrar que la verdadera dignidad presidencial radica en unir al país, no en dividirlo.

Presidente Abelardo, confiamos en usted…

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