Turquía, Arabia Saudita y Pakistán firmaron el pasado 7 de agosto un acuerdo de defensa que tiene el potencial de transformar el escenario geopolítico en Eurasia y que pone en evidencia el declive relativo del poder de Estados Unidos.
El Pacto de La Meca, llamado así por la ciudad sagrada del mundo musulmán donde fue firmado, y al que podría sumarse Egipto, emula el principio de defensa colectiva del artículo 5 de la OTAN: un ataque armado contra uno de sus integrantes será considerado un ataque contra los otros dos.
Los países miembros poseen capacidades complementarias, lo cual, no obstante, no despeja por completo las dudas sobre su eficacia y su verdadero poder de disuasión. Mientras Pakistán es una potencia nuclear, Turquía posee una industria de defensa en expansión, además de ser un actor geopolítico clave en espacios como el sur del Cáucaso. Arabia Saudita, por su parte, cuenta no solo con poder militar, sino también con importantes capacidades financieras y diplomáticas.
Estas tres potencias regionales, que son a su vez pilares del islam sunita, podrían, gracias a su localización geográfica, proyectar influencia no solo en Oriente Medio, sino también en los Balcanes, el Cáucaso y Asia Central, concretamente sobre corredores multimodales estratégicos a escala global: desde el eje mar Rojo–canal de Suez–Mediterráneo hasta los corredores que conectan el océano Índico con China y Asia Central.
El nuevo bloque de defensa se asienta en décadas de cooperación militar entre Riad e Islamabad, que hace un año condujeron a un acuerdo bilateral de defensa mutua, y en el progresivo acercamiento de Turquía fuerte rival de Israel. El proceso se aceleró en medio de la escalada regional provocada por la guerra entre Estados Unidos e Irán, los ataques contra países del Golfo y la amenaza sobre las rutas energéticas del estrecho de Ormuz y el mar Rojo.
Con esta nueva alianza se proyectan maniobras conjuntas y una mayor cooperación entre las industrias de defensa. Sin embargo, uno de sus talones de Aquiles es la ausencia de una estructura militar de mando unificada, lo que representa una dificultad para llevar a la práctica la cláusula de defensa colectiva frente a un eventual ataque de los hutíes o de Irán contra Arabia Saudita. De hecho, apenas un día después de la firma, los hutíes reivindicaron un ataque con dron contra una instalación de Aramco en Jizán, ciudad ubicada al suroeste del país.
También resulta inquietante el poder de disuasión y la incertidumbre derivada del arsenal nuclear pakistaní en una región que no solo busca contener las amenazas provenientes de Israel e Irán, sino también dejar de ser un campo de disputa entre grandes potencias para convertirse en un espacio con mayor autonomía dentro del mundo emergente.
Esto último es algo que también debería buscar América Latina, especialmente en estos tiempos de “Doctrina Donroe”.












