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Viernes 21 de agosto de 2026 - 01:00 AM

De las palabras a la acción

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A las 7:34 de la mañana, la vida de miles de colombianos cambió radicalmente. Un sismo de magnitud 7,4 sacudió al país y, durante aproximadamente dos minutos de movimiento intenso en las zonas más afectadas, convirtió en escombros sueños construidos durante años. Detrás de cada vivienda destruida no había solamente ladrillos sino historias, sacrificios, fotografías, recuerdos, proyectos y la tranquilidad de una familia. La tierra dejó al descubierto algo que pocas veces se quiere reconocer la fragilidad humana y la certeza de que, en cuestión de segundos, todo puede cambiar. Pero también reveló algo mucho más poderoso la capacidad de las personas para levantarse cuando otro lo ha perdido todo.

Porque después del estruendo apareció el silencio. Y después del silencio, surgieron las manos. Manos que removieron escombros buscando sobrevivientes, que llevaron agua, alimentos, medicamentos y abrigo; manos de socorristas, voluntarios, vecinos, médicos, policías, militares, bomberos, empresarios, organizaciones sociales y ciudadanos anónimos que decidieron ayudar sin preguntar quién era el otro. Allí comenzó a escribirse otra historia la de una Colombia que no se quedó mirando la tragedia desde una pantalla, sino que entendió que la solidaridad no se proclama, se practica.

En medio de la devastación emergieron valores que no aparecen en los discursos ni caben en una estadística como la humildad, compasión, generosidad, empatía y servicio. Cuando alguien lo ha perdido todo, poco importan las diferencias políticas, sociales, económicas o ideológicas; prima la persona. Ese trabajo silencioso de quienes ayudan sin buscar reconocimiento demuestra que todavía existen corazones de oro. Son colombianos que probablemente nunca aparecerán en los titulares, pero que hicieron algo mucho más trascendente estuvieron allí cuando alguien necesitaba una mano para volver a ponerse de pie.

Por eso merece reconocimiento y admiración cada persona que, desde el primer momento, decidió pasar de las palabras a la acción. También quienes, desde las instituciones, empresas, universidades, organizaciones sociales y diferentes sectores de la vida nacional e internacional han respondido ante esta emergencia. Una tragedia de semejante dimensión exige mucho más que solidaridad momentánea requiere coordinación, transparencia, responsabilidad y una reconstrucción que devuelva dignidad, oportunidades y esperanza. La grandeza de una sociedad no se mide solamente por lo que construye cuando todo marcha bien, sino por la manera como responde cuando la vida la pone a prueba.

El terremoto habrá dejado ruinas, pero también una pregunta que Colombia no puede dejar entre los escombros ¿qué hará cada persona después de que desaparezca la emergencia de las noticias? por eso el papel del Estado y Gobierno como lo han hecho desde el primer momento necesitan aliados para convertir la solidaridad de hoy en compromiso de mañana; transformar la compasión en políticas, recursos, acompañamiento y memoria. Porque reconstruir no será solamente levantar paredes será ayudar a reconstruir vidas. Y quizá esa sea la gran lección de esta tragedia cuando la tierra hizo temblar las certezas, fueron los colombianos quienes demostraron de qué están hechos pasando de las Palabras a la acción.

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