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Columnistas
Viernes 21 de agosto de 2026 - 01:00 AM

El agotamiento como política

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Aquel trágico lunes pensé de forma ingenua que el ruido ensordecedor se detendría. Albergué la esperanza de que la magnitud de la tragedia impusiera una pausa inesperada y que el dolor colectivo silenciara, al menos por un momento, la polarización que nos consume. La máquina, sin embargo, no se detuvo. El ecosistema mediático que entre todos hemos construido convirtió la tragedia en una nueva trinchera para el debate.

El filósofo Byung-Chul Han, al que he vuelto en otras columnas, advierte que las enfermedades de nuestra época nacen de un exceso perverso de estímulos. La vida digitalizada mezclada de forma constante con el debate público se traduce en una hiperactividad indignada. Todo nos resulta insoportable falsamente, en el fondo nada nos indigna de verdad. Nada nos duele, pero todo nos cansa. El dolor ajeno se vuelve apenas un recurso para sublevar, o intentar indignar a los demás.

Se trata de un agotamiento autoinfligido. Nos autoexplotamos consumiendo y produciendo opiniones, como un hámster en su rueda que corre sin poder llegar a ninguna parte, sin salir de ella. La política dejó hace mucho tiempo de ser la deliberación que busca la salida. Yo que personalmente sentí algún gusto autentico por ella hoy huyo de la misma con todas mis fuerzas.

No es sencillo. Como economista, sé que mi disciplina esta entrelazada con la misma. No hay refugió fácil cuando la formación profesional enseña que las estructuras del capital, la asignación de recursos y las políticas públicas modelan la realidad. Por más que lo intente, no encuentro un rincón sin politizar.

Últimamente encuentro paz leyendo sobre dinosaurios. La razón es práctica. Esas criaturas colmaron la Tierra durante millones de años. Frente a la inmensidad de su reinado y su extensión, la miopía de nuestra polarización resulta ridícula. No soy científico, pero asomarme a la paleontología me ubica existencialmente en el mundo y me recuerda nuestra fragilidad y la soberbia de nuestras disputas.

Todo estrés prolongado sobre una sociedad busca a fin de cuenta una válvula de escape y puede derivar, para el país, en un nuevo ciclo de violencia. No en aquella que fue teorizada como la heroica partera de la historia, capaz de dar a luz un nuevo orden social. El cansancio contemporáneo engendra, a mi modo de ver, una violencia inane y estéril, que no tiene pretensión de transformar sino de descargar la frustración de la psique colectiva.

Nuestra forma de hacer política se ha convertido en un motor de desgaste. Si no aprendemos a apagar la pantalla y a reconectar, aunque sea un rato, con nuestro lugar minúsculo en la existencia, terminaremos consumidos, de una u otra manera, por el eco estéril de nuestro propio agotamiento.

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