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Viernes 21 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Y se murió el viejo Chucho

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Hay instantes y personas en la vida que de un momento a otro nos llevan a tomar decisiones que, cincuenta años después, continuamos sintiendo que fueron acertadas.

Transcurrido el primer quinquenio de la época de los 70, en ese momento me desempeñaba como Juez Sexto Penal del Circuito de Bucaramanga y tenía como secretario a Jesús María Serrano Prada a quien toda la vida terminé diciéndole el viejo Chucho, aunque en ese momento estábamos empezando a desarrollarnos como ciudadanos llenos de proyectos e ilusiones.

Sin embargo, estaba cansado de ese peregrinar que todos los años teníamos que hacer los jueces ante los magistrados para que nos mantuvieran como tales, algo que a mí me costaba muchísimo trabajo, pues la verdad las rodillas siempre me han doblado poco.

Cualquier mañana de cualquier día, el viejo Chucho me dijo que acababan de nombrar a Gonzalo Jiménez Navas como secretario de Despacho de la Gobernación y que estaba vendiendo la oficina de abogado que tenía ubicada en un sitio relativamente incómodo, pero era la oportunidad para buscar esa independencia que tenía en mente y de la que nunca me he arrepentido.

De inmediato me puse en contacto con el interesado y en un par de minutos, luego entendí por qué, se hizo el negocio y adquirí la oficina, incluidos todos los procesos que se tramitaban en ese momento y junto a ella, lo más valioso, recibí como secretario a Don Pedro Ignacio Anaya personaje inolvidable que me enseñó cómo debía uno moverse en el mundo del litigio y a quien le debo toda la gratitud del mundo. Sin pensarlo volví al despacho, quemé las naves, presenté la renuncia irrevocable, lanzándome al ejercicio profesional independiente en el cual he permanecido algo más de 50 años.

Esto hizo que entre el viejo Chucho y yo existiera una entrañable amistad que perduró hasta que el destino se lo llevó antes que a mí.

Lo conocí bien, era un hombre trabajador, hábil para los negocios, próspero económicamente y lleno de buenas iniciativas, como el famoso “Festival de la arriería”, que tenía lugar entre Zapatoca y Betulia todos los años, gracias al cual entendimos cómo era y es la vida de esos personajes que usaban y en algunos casos usan todavía las mulas de sangre como medio de transporte.

Vivió de los abonos y cuando hablaba de eso tenía una picaresca expresión que omito referir para no herir susceptibilidades.

Gracias, viejo Chucho; se ha perdido un gran tipo, hemos perdido profesionalmente un cliente y yo he perdido un amigo a quien le debo mi independencia profesional de la que vivo profundamente orgulloso.

A la familia, mis sentidas condolencias.

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