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Jueves 27 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Vivir sin miedo

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Hay hábitos tan arraigados que ya no advertimos lo que revelan: guardar el celular mientras caminamos por la calle, cambiar de acera, mirar hacia atrás o escribir para avisar que llegamos bien. Parecen pequeñas precauciones, pero juntas muestran hasta qué punto el miedo ha comenzado a organizar nuestra vida.

La libertad no desaparece únicamente cuando una autoridad la restringe. También se reduce cuando dejamos de ir a ciertos lugares, renunciamos a caminar por el barrio, modificamos el horario de regreso o evitamos salir a determinadas horas. Seguimos siendo libres ante la ley, pero cada vez elegimos menos.

Por eso, la seguridad no puede tratarse como un asunto secundario ni medirse solo con informes y estadísticas oficiales. Detrás de cada dato hay una familia que perdió la tranquilidad, una persona que cambió sus rutinas o un comerciante que abre cada día su negocio con el temor de perder aquello que tanto trabajo le ha costado conseguir.

Esa realidad no afecta a todos por igual. Quien tiene recursos instala cámaras, paga vigilancia, se moviliza en vehículo particular o vive en un sector más seguro. Quien carece de esas posibilidades debe tomar el bus de madrugada, caminar por calles solitarias y esperar que la autoridad responda cuando la necesite. La diferencia es que algunos pueden reducir el riesgo, mientras otros deben asumirlo diariamente. Por eso, la inseguridad no es únicamente un problema de orden público, también es una de las formas más injustas de desigualdad.

No tenemos que escoger entre autoridad y derechos. Colombia necesita una Fuerza Pública respaldada, profesional y capaz de actuar con firmeza, pero siempre sujeta a la Constitución y a la ley. Una autoridad sin herramientas deja al ciudadano a merced del delincuente, mientras una autoridad sin límites puede convertirse en otra amenaza. La verdadera fortaleza del Estado está en proteger sin abusar y actuar sin perder legitimidad.

Capturar delincuentes no basta. Hacen falta jueces que decidan a tiempo, cárceles que no funcionen como oficinas del crimen y autoridades presentes. También calles iluminadas, transporte seguro y oportunidades de estudio y trabajo. Todo ello permite construir seguridad antes del delito, no cuando alguien ya es víctima.

Vivir sin miedo no significa aspirar a una sociedad sin riesgos, algo imposible, sino a una en la que el temor no decida por nosotros. Salir tarde del trabajo, esperar un bus, viajar en carro o sentarse en un parque no deberían ser actos de valentía. Son libertades cotidianas que todos merecemos ejercer confiadamente.

Cuando regresar seguros a casa deje de parecernos una hazaña, podremos afirmar que la libertad dejó de ser una promesa escrita y se convirtió, por fin, en el derecho de vivir tranquilamente en nuestras propias calles. ¿Quién no lo desearía?

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