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Jueves 27 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Una niñez sin niñas

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Mamá, mañana no tengo colegio. ¿Por qué si mañana es jueves? La profe dijo que mañana los niños tienen que venir disfrazados porque es el día de los niños. Yo me disfrazaré el día de las niñas ¿cierto?

El diálogo, real, tuvo lugar hace unos veinte años; hoy en día una niña no tendría esta confusión, porque la profe hablaría del día de los niños y de las niñas. Hoy en día en las piñatas u otras fiestas infantiles las niñas también se sienten convocadas a participar porque las nombran. Ese “detalle” de nombrar “también a las niñas” se ha impuesto en dos décadas y las niñas actuales no están dispuestas a volver a desaparecer incluidas en el “género niño”, como las mujeres lo fueron históricamente, diluidas en el género Hombre.

¿Ya nació la criatura? Sí, “mi” mujer tuvo un niño anoche. ¡Qué bien ¡¿cómo se llama? Angela … ¿? ¿y eso? Pues sí, es un niño hembra … Ese diálogo ficticio, es cortesía del ICBF temporada Abelardo.

Es bien sabido, pero mal entendido, que lo que no se nombra se ignora y olvida. “Lo que no se nombra no existe”. Así que, hablar de niños y niñas, de hombres y mujeres, de masculino y femenino es necesario (dejando de lado las personas “otres” que no se identifican ni como mujer ni como hombre).

Por tanto, sorprende que una directora del ICBF pretenda eliminar la palabra niña del vocabulario institucional. Cuando ya cualquier persona sin siquiera formación en lingüística entiende la fuerza de las palabras, además de ser letras ordenas para producir un sonido específico. La palabra da vida, señala y diferencia.

Hablar genéricamente de niñez tampoco vale. El ciclo de vida es el proceso natural de cambios por el que pasan los seres vivos desde su origen hasta su fin. Abarca fases como nacer, crecer, reproducirse y morir. Los ciclos de la vida humana comprenden estados como niñez, adolescencia, adultez y vejez. Son estados por los que pasan las personas que, según las etapas, llamamos niños, niñas; adolescentes, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, y viejos y viejas. No todas las personas atraviesan de la misma manera estos estados de la vida; y, con dos dedos de frente, es evidente que nunca es lo mismo ser hombre que ser mujer. No habitamos el mundo de la misma manera, querer ignorar estas diferencias es medir a todas las personas con el mismo rasero, es volver a la injusticia social y cultural más flagrante. Hablar de niñez, de adultez o de vejez es hablar de estados no de personas, y las personas necesitan ser nombradas. (Pido disculpas a las personas invisibilizadas por esa clasificación tradicional y algo simplista de los géneros humanos).

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