«Me debato entre interrumpir el embarazo y seguir con él». Esa impactante frase abre el testimonio de Anna Starobinets en su libro Tienes que mirar. La escritora rusa narra el doloroso viaje que debió emprender junto a su esposo, Sasha, hacia Berlín. ¿El motivo? Interrumpir a las 16 semanas un embarazo inviable debido a una displasia renal multiquística difusa bilateral fetal. En Rusia, la rigidez de las leyes y un sistema indolente le impidieron acceder al procedimiento en su propio país, desnudando la absoluta falta de humanidad en la atención médica médica de su entorno.
A través de un relato desgarrador, Starobinets expone la ausencia de literatura o guía en Rusia para afrontar un aborto terapéutico en etapa avanzada. Frente al vacío, la autora involucra activamente a su esposo para ponderar pros y contras. Tras múltiples conceptos médicos, la pareja decide viajar a Alemania con el apoyo de su amiga Natasha. A las veinte semanas se indujo el parto —única vía posible en el segundo trimestre—, aceptando incluso una posterior autopsia del bebé.
Tras el procedimiento, la realidad física y emocional se impone con crueldad. Al tomar la píldora para inhibir la lactancia, Starobinets apunta con lucidez que desapareció la leche, pero no la tristeza. A la mañana siguiente, la pareja se despide de su hijo muerto, a quien ven en una canasta, frío y envuelto en una mantita azul. La autora reflexiona sobre cómo, en su país, la medicina prohíbe el ingreso de los hombres para evitar el sufrimiento conjunto, forzándolos a vivir el duelo por separado, condenando a la madre a atravesar este momento sola, una práctica que califica de inquisitorial, al reiterar: «como si no fuese dolorosa la perdida por una patología del desarrollo fetal».

El trauma persistió al regresar a Moscú: no fue fácil hallar psicólogos calificados para atender sus ataques de pánico ni la ansiedad de su hija mayor, a quien llama cariñosamente «la tejoncita». Años después, la vida les dio otro hijo, pero el destino los obligó a volver a Alemania por un tratamiento médico de Sasha. Allí, visitaron la fosa común donde descansa el bebé para dejarle juguetes y una piedra. En ese pequeño homenaje, y a través de la literatura, lograron recuperar algo de aquella ilusión perdida.
Este libro habla de la humanidad y de la falta de humanidad en general. Para miles de mujeres, sobrevivir a una herida tan desgarradora abre un territorio emocional inexplorado y de secuelas invisibles: ¿Cómo se habita el cuerpo que fue refugio y luego sepulcro? ¿Cómo se reconstruye la psique tras el silencio de la ética médica? ¿Qué se hace con el amor que sobra cuando los brazos quedan vacíos? ¿Hacia dónde transmuta la mente de una madre cuando el sistema que debía cuidarla le arrebata el derecho al consuelo? Las respuestas no están en los manuales de obstetricia, sino en las preguntas mudas que esta madre se formula frente a una fosa común, buscando en la palabra escrita una tregua para su dolor. Un testimonio que transforma el trauma personal en un urgente cuestionamiento ético y humano.











