Nací en 1983. Así que, siendo completamente honesto, no tengo recuerdos suficientes para decir cómo era vivir los años 80. Era demasiado pequeño para comprender realmente aquella época.
Pero estas fotografías que hoy están tan de moda —las que nos muestran cómo habríamos sido en los años 80— me hicieron pensar en algo que sí conozco muy bien: la salud mental.
Y me surgió una pregunta:
¿Era nuestra sociedad mentalmente más saludable hace casi 50 años o simplemente hablábamos menos de lo que nos pasaba?
En los años 80 también existían la ansiedad, la depresión, las adicciones, los traumas, los trastornos de personalidad y el suicidio. La diferencia es que muchas veces no sabíamos nombrarlos.
Una persona podía vivir con ataques de pánico y ser simplemente “nerviosa”. Alguien deprimido podía ser considerado débil, perezoso o de mal carácter. Un niño con dificultades de atención podía ser etiquetado como indisciplinado.
No necesariamente había menos sufrimiento. Había más silencio.
Hoy hemos avanzado muchísimo. Tenemos mejores tratamientos, mayor conocimiento sobre el cerebro y las emociones y, quizá lo más importante, hemos aprendido a hablar de salud mental con mucha menos vergüenza.
Hoy una persona puede decir: “Estoy deprimida”, “tengo ansiedad”, “necesito ayuda”, “voy para el psiquiatra”.
Eso es progreso.
Pero el presente también nos ha traído problemas que los años 80 prácticamente no conocieron.
Vivimos permanentemente conectados. Podemos recibir mensajes a cualquier hora, comparar nuestra vida con cientos de personas y estar expuestos constantemente a noticias, opiniones y estímulos.
Hemos ganado conexión, pero también hemos perdido capacidad de desconexión.
Y existe otra paradoja: hoy hablamos tanto de salud mental que, en ocasiones, podemos terminar convirtiendo cualquier malestar en una enfermedad.
Estar triste no siempre significa estar deprimido.
Sentir ansiedad ante una situación difícil no necesariamente significa tener un trastorno de ansiedad.
Sufrir por una ruptura no significa estar enfermo.
No todo sufrimiento necesita un diagnóstico. Algunas cosas necesitan tiempo, compañía, adaptación y vida.
Por eso no creo que los años 80 fueran mejores. Tampoco creo que hoy estemos necesariamente peor.
Creo que sufrimos de maneras diferentes y tenemos herramientas diferentes para enfrentarlo.
Quizás lo que debemos recuperar de aquella época no es la ropa, la música o los televisores cuadrados.
Quizás necesitamos recuperar algunas cosas más sencillas: conversar cara a cara, aburrirnos, jugar, estar presentes, desconectarnos y volver a construir comunidad.
Nunca habíamos sabido tanto sobre salud mental y, al mismo tiempo, nunca habíamos tenido tantas herramientas para alterar las condiciones que la protegen.
Tal vez el desafío de nuestra época no sea solamente aprender a hablar de salud mental.
Tal vez sea aprender a vivir de una manera que no nos obligue permanentemente a repararla.
Bienvenidos a la clínica del alma.











