Vivimos en un país con franca vocación de circo sin carpa, donde el colapso de las instituciones ya no se disimula porque nos acostumbramos a respirarlo. El reciente anuncio de un plan pistola contra los guardianes del Inpec desnuda esa verdad incómoda: las cárceles colombianas son auténticas repúblicas independientes donde el gobierno real no lo ejercen ni el alcaide ni los guardias, sino los propios criminales desde el fondo de sus celdas.
Es la manifestación más patética del mundo al revés. Llevamos décadas presenciando cómo se saquea la hacienda pública bajo la premisa falaz de que el Estado jamás quiebra. Sin embargo, cualquier empresa, por sólida que parezca, termina desfondada cuando el tesoro se convierte en el botín de los piratas de turno. Los frutos amargos de esa rapacidad histórica se ven hoy a lo largo y ancho de nuestra muy maltratada geografía nacional.
Recorrer Colombia equivale a verificar que la ley opera únicamente para los de abajo. En la carretera a Málaga los letreros parecen una burla kafkiana: «fin del pavimento, inicio del pavimento, fin del pavimento». Y quien crea que se trata de un abandono exclusivo de Santander, que se tome el trabajo de rodar por la Ruta Caribe o recordar los robos monumentales de la conocida Ruta del Sol. Las grandes obras se transformaron en verdaderos homenajes a la colombianada: glorietas de mentira como la de Lisboa en la Ruta del Cacao o accesos eternamente inconclusos como el de Lebrija.
En nuestras vías el desorden es la única norma cívica vigente. Los camiones pesados transitan plácidamente por el carril izquierdo violando la norma; los motociclistas invaden andenes sin casco, sin espejos, convertidos en familias de cuatro sobre dos ruedas, mientras los supuestos agentes del orden miran hacia otro lado o cometen las mismas infracciones amparados en el cómodo y arrogante ardid de «yo soy la ley».
Afuera, el concepto de justicia tambalea entre la anarquía local y los arrebatos populistas del extranjero. Miren si no el espejo de Nayib Bukele en El Salvador, encarcelando a diestra y siniestra por el mero delito de portar un tatuaje, para terminar prometiendo liberar a la mitad porque eran inocentes sin debido proceso.
Y como broche de oro para nuestras sutilezas plataneras, reaparece el manido truco contable ante el dinero de las donaciones públicas. Cuando la ciudadanía exige saber dónde están los fondos, la respuesta institucional es soltar con desdén «ahí están las cuentas». Pero nos entregan un manojo confuso de facturas de agua, luz y pasajes de bus. Confunden simples recibos con cuentas claras. Por eso la pregunta elemental sigue intacta, flotando en la polvareda de nuestras carreteras a medias y de nuestra institucionalidad en ruinas: ¿dónde está la plata?












