Amaneció lloviendo sobre la ciudad y me acordé de Nikos Kazantzakis, en Zorba el griego: “Me levanté, alargué la mano bajo la lluvia, como un mendigo buscando su rostro de mujer”. Las nubes habían cubierto los cerros orientales, esas montañas a las que alude el escudo de la ciudad, ideado en 1951 por el historiador Enrique Otero D’Costa y similar al de Virginia Occidental, con su lema “Montani semper liberi”: “Siempre libres entre montañas”. Así nos debemos sentir. Vivir en esta meseta es una fortuna. Seguí pensando en Kazantzakis, viendo por la ventana el cielo cada vez más bajo: “Hoy llueve quedo, sutilmente, el cielo se une a la tierra con infinita ternura. Ver a dos insectos que se acoplaban cuando comenzó a caer una lluvia fina y sus alas se mojaron y ahora la tierra golosa los engulle con tranquilidad, a ambos, estrechamente abrazados”.
Me acordé también del libro Historia básica de Bucaramanga: cuatro siglos de poblamiento, 1622-2022, publicado por la UIS bajo la rectoría de Hernán Porras. Es un libro que debe ser texto de los colegios de la ciudad. Me acordé de él porque la ciudad, como villa de San Laureano de Bucaramanga, “comenzó en 1820 su vida republicana con cerca de cuatro mil almas”, y allí, en ese libro, sabemos que Bucaramanga tenía gran disponibilidad de agua: “dos ríos (Suratá y Río de Oro)”, cuyas aguas perdieron su transparencia. “Quince quebradas (Chitota, El Potrero, Quebrada Seca, de ‘donde tomaba el agua el Colegio San Pedro Claver en el actual Centro Cultural del Oriente’, La Quinta, Chimita, La Bucaramanga, La Iglesia, La Guacamaya, Quebrada del Oro, El Cordoncillo, La Honda, La Encarnación, Los Animes), las lagunas (San Mateo, Chocoa, Charcolargo, El Cacique) y las múltiples aguadas (Los Escalones, Las Piñitas, Las Chorreras de don Juan García)”, todas desaparecidas porque aquí escogimos la desquiciada aventura del cemento y del hierro, arrasando los arbustos, espantando “al hacendoso carpintero”. Por eso recibimos con esperanza la siembra de flores y plantas en el Parque Bolívar, cuya estatua solitaria sigue sin la espada de la libertad que tenía la Patria. ¿Volverán las abejas?
Pero nos preguntamos qué hicimos con el agua que durante siglos descendía tranquila y amorosa del páramo de Santurbán, aguas que “corrían hacia el occidente al Río de Oro”. Cuando se organizó la Compañía Anónima del Acueducto, el Concejo, en 1917, declaró que todas las aguadas pasaban a manos de un negocio privado, y enterraron las quebradas, las aguadas, y desaparecieron las lagunas.
Sentí tristeza y de “pronto me entraron ganas de llorar. Una tristeza, no por mí, no mía, más honda, más negra, ascendía de la tierra mojada , huelo que no hay escapatoria” en esta ciudad. Me quedé esperando la salida del sol para alegrar mi corazón.












