La seguidilla de errores, la improvisación, la ambición, quizás, tienen contra las cuerdas a Sencia, el concesionario encargado de la operación, administración y renovación del estadio El Campín de Bogotá.
A finales de 2023 se les adjudicó el contrato para la construcción de un moderno escenario deportivo y cultural. La inversión es millonaria, las expectativas, todas, y, por lo que ha pasado en los últimos días, la preocupación, total.
Para nadie es un secreto que Bogotá es el epicentro de los espectáculos artísticos, culturales y deportivos del país. La oferta es generosa; los artistas anhelan presentarse en el estadio y para los empresarios, El Campín ofrece las mejores condiciones.
Pero la relación entre el concesionario, la administración distrital y el público se está deteriorando. ¿La razón? Varios partidos de fútbol han sido suspendidos y reprogramados por las condiciones en que ha quedado la gramilla después de los conciertos. El tema ni es nuevo ni se circunscribe a Bogotá. La controversia es de siempre, y la inquietud, la misma. Hay quienes consideran que los estadios solo pueden usarse para lo que fueron hechos, jugar fútbol; hay quienes creen que sí pueden albergar otra clase de espectáculos.
Las condiciones de Bogotá son distintas a las de otras ciudades del país. De eso tampoco hay duda. Y aunque cuenta con alternativas en las que pueden organizarse espectáculos masivos, los empresarios siguen prefiriendo el estadio. Los costos de logística son mayores en el Vive Claro, por ejemplo, y en algunos casos los sitios no cumplen con los requerimientos técnicos de muchos artistas de talla internacional.
La discusión sigue abierta.
Ambas actividades pueden desarrollarse perfectamente en los estadios. Los conciertos mueven la economía del país y no pueden dejar de realizarse. Los números no mienten. Los empresarios, que los hay de todos los calibres, muchos de ellos serios y conocedores del tema, hacen inversiones considerables para mitigar el impacto derivado del ensamble de tarimas y el tránsito masivo de personas sobre la gramilla, para que esta, más allá de aspectos meramente estéticos, quede en las mejores condiciones después de los conciertos. Esa ha sido la constante y debe seguir siéndolo.
No hay duda de que lo que está pasando en Bogotá se va a sentir con fuerza y repercutirá en todo el país. La ligereza con la que Sencia viene manejando el tema nutre de argumentos a quienes consideran que los estadios solo deben usarse para el fútbol. No les falta razón. En Bogotá, por ahora, formalizaron las medidas con las que esperan garantizar la disponibilidad del estadio para el fútbol después de los conciertos, y Sencia, por su parte, tiene un gran reto por delante. Vamos a ver qué pasa.











