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Columnistas
Jueves 29 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Enemistades políticas

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En nuestra historia nacional hay casos de enemistades políticas persistentes, cuyo caso emblemático es el de los generales Antonio Nariño y Francisco de Paula Santander. El primero, de raigambre santafereña y librepensador; el segundo, hijo de un cultivador de cacaos en los valles de Cúcuta y devoto de misa. En cada circunstancia estuvieron en posiciones políticas opuestas, que profundizaron la enemistad. Enviado por Nariño a combatir al Congreso de las Provincias Unidas, Santander se volteó y terminó participando en el asedio a Santafé, donde fue capturado. Nariño propugnaba por el centralismo alrededor de Cundinamarca, y Santander adhirió al acta de federación. En el Congreso constituyente de la Villa del Rosario, Santander giró instrucciones a sus amigos para que neutralizaran las propuestas de Nariño, y en cerrada votación lo derrotó para el ejercicio de la Vicepresidencia de Colombia.

Nariño murió en la Villa de Leiva a finales de 1826, el año en que estos dos personajes se combatieron desde sus respectivos periódicos. Santander comenzó al publicar un artículo titulado “Toros en Bogotá” en la novena entrega de su periódico El Patriota, burlándose de la propuesta de federalismo que defendía Nariño, pues la constitución colombiana era centralista. Este respondió a la provocación imprimiendo un nuevo periódico: Los Toros de Fucha. Reconoció que el gobierno central era el más fuerte para asegurar la independencia, pero también el más tentado a abusar de su poder, porque no tenía el contrapeso que ofrecerían unas secciones federadas. Agregó que El Patriota era “un papel de colegio en misas de aguinaldo”. En la tercera entrega de Los Toros de Fucha, Nariño preguntó a Santander: “¿Por qué tanta cólera contra un general de antaño, contra un general de la Patria Boba, contra un general casi olvidado, que no es sal ni agua, ni se mete en bueno o en malo?”.

La enemistad entre estos dos generales no cesó con la muerte de Nariño. Cuando su hijo organizó en Bogotá unas exequias públicas, el orador escogido, Francisco Javier Guerra, se excusó de participar; argumentó que por ello experimentaría “gravísimos daños” en su carrera y “sin disputa, los padecerá hasta mi cuerpo”.

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