La humanidad mató el tigre y ahora está asustada con el cuero. Esta expresión parece describir eso que hoy sucede con la inteligencia artificial (IA), cuyos sorprendentes avances están despertando una enorme preocupación ante la posibilidad de que algún día llegue a superar nuestra propia inteligencia. Un escenario que, sin duda, merece reflexión, pero no necesariamente temor.
Buena parte de nuestra inteligencia se nutre de los aportes que dan los datos que se analizan, la forma como estos interactúan y las conclusiones a que los mismos llegan, de acuerdo con el problema específico que se pretende solucionar.
Todo depende, entonces, no solamente de la cantidad de información que poseemos, sino también de la habilidad para interpretarla y utilizarla adecuadamente frente a los resultados que pretendemos obtener.
Un ejemplo que, sin pretender ser científico, permite ilustrar lo anterior: el mejor cardiólogo del mundo puede llegar a saber que al corazón lo atacan 65 causas directas y 48 indirectas, esto en el plano real; sin embargo, ¿de cuántas de estas se puede acordar el galeno?
Creemos que, si en alguna puede fallar, ello podría distorsionar el resultado y para obtener esta información se valen de los exámenes clínicos y a partir de ellos la forma como los interrelaciona entre sí.
La inteligencia artificial realiza un proceso similar: analiza los resultados de los exámenes clínicos, los relaciona entre sí y los contrasta con amplias bases de información médica, identificando posibles enfermedades y contribuyendo a orientar un diagnóstico. A partir de ello, puede evaluar los medicamentos disponibles, sus efectos y su compatibilidad con las condiciones particulares del paciente, ofreciendo alternativas de tratamiento y dosificación.
Tanto el médico como la máquina pueden cometer errores. La diferencia es que a la inteligencia artificial podemos formularle innumerables preguntas, solicitarle explicaciones y pedirle que revise sus respuestas sin que manifieste cansancio o impaciencia. Aunque esa disponibilidad permanente no garantiza que siempre tenga la razón, constituye una ventaja que sería absurdo desaprovechar.
De ahí que resulte razonable entender la inteligencia artificial como un complemento de las capacidades humanas y no necesariamente como su reemplazo. En manos de un profesional competente, puede convertirse en una herramienta extraordinaria para mejorar la precisión, la eficiencia y la calidad de sus decisiones.
Y lo que ocurre en la medicina también puede extenderse al derecho, la ingeniería, la educación y prácticamente todas las profesiones.
No es cuestión de desconocerla ni de temerle por principio. Es cuestión de comprenderla, aprovechar sus posibilidades y reconocer sus límites.
La inteligencia artificial llegó para quedarse y la humanidad ya no será la misma. La pregunta no es si debemos convivir con ella, sino ¿qué tan preparados estamos para hacerlo?











