Publicidad

Columnistas
Viernes 30 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Otra Historia Natural

Compartir

En una McNally de Nueva York me topé con un librito sorprendente en el que cada rincón evidencia un enorme cariño y atención por parte de su autor: Insectópolis, de Peter Kuper, un poema hecho dibujo y una amorosa historia natural de los insectos, todo a la vez. Contado en formato de cómic, lo encontré un día cuando buscaba la Historia natural de Plinio el Viejo, mientras afuera llovía y en mi corazón sonaba cierta serenata de luna de Glenn Miller.

Insectópolis parte de una premisa tan extraña como seductora, a saber, que la humanidad ha desaparecido y los insectos invaden y pueblan la Biblioteca Pública de Nueva York, donde una muestra abandonada habla, curiosamente, de ellos y de nosotros. De la mano de estos pequeños guías recorremos las diferentes salas de la Biblioteca hasta descubrir una historia que resulta, a todas luces, asombrosa, y no solo por lo extensa.

Por sus páginas desfilan cuatrocientos millones de años de vida y los naturalistas que se han detenido a observarla, de Aristóteles a Maria Sibylla Merian, y de Charles Henry Turner a Rachel Carson. Sin embargo, el libro no se limita a ordenar hallazgos y nombres. Es, sobre todo, un testimonio de lo que ocurre cuando alguien se toma el tiempo de hacer algo escasísimo hoy en día: mirar el mundo detenidamente.

Me ha divertido mucho, y entre sus páginas hay varias a las que, como embrujado, he vuelto una y otra vez. Por ejemplo, en una de ellas Kuper pone en escena a Vladimir Nabokov, o, para ser precisos, a un busto suyo, que adorna la Biblioteca. Porque Nabokov, además de escritor, fue un entomólogo brillante, sabedor de cierto truco mágico, como viejo conocedor de oficios varios: la ciencia necesita de la imaginación de los poetas y la poesía de la precisión de los científicos.

El caso es que Kuper recupera allí la lectura que Nabokov hizo de La metamorfosis de Kafka, acaso la más famosa de todas las obras dedicadas a un insecto. En el relato, como ustedes sabrán, el protagonista, un viajante de comercio que mantiene a toda su familia y que se llama Gregor Samsa, acaba convertido en un bicho de un día para otro, de modo que el pobre Samsa pasa de ser el sostén de la casa a ser la vergüenza que se esconde tras una puerta cerrada.

Lo que Kuper rescata de la interpretación de Nabokov es sobremanera hermoso. Pensándolo bien, ¿qué clase de insecto es Samsa? No puede ser una cucaracha si se tiene en cuenta que las cucarachas son bichos planos. Kafka habla de un vientre abombado dividido en segmentos y de un dorso duro y redondeado.

Pero entonces, ¿qué es? Un escarabajo. Y, como todos los escarabajos, tiene alas bajo el caparazón, plegadas y listas para abrirse. Alas que, como también sabrán, el atormentado Samsa jamás despliega, aunque su cuarto tiene una ventana. Kuper recoge así la conclusión de Nabokov, que nadie en la novela, ni el propio implicado, advierte: Samsa puede volar, Samsa puede convertir su condena en altura, en elevación.

En otra de las páginas de Insectópolis, vemos y leemos la historia de los mosquitos, que quizás han influido en la nuestra como ningún otro insecto. Según nos cuenta Kuper, se calcula que las enfermedades transmitidas por ellos habrían matado a unos 52.000 millones de personas, casi la mitad de todas las que han existido. Una cifra que, por lo demás, sigue aumentando, pues según la OMS solo la malaria mató en 2024 a unas 610.000 personas.

Semejante letalidad, como no puede ser de otra manera con los humanos, acabó por tentar a los ejércitos. Kuper, así, refiere que durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes inundaron las marismas pontinas, al sur de Roma, y las poblaron de larvas de mosquito para frenar el avance de los Aliados. Eran las mismas marismas que, tras siglos de intentos fallidos desde Julio César, Mussolini había logrado secar.

Pero la historia de los mosquitos también se cruza con la esclavitud en América. Mientras la malaria y la fiebre amarilla diezmaban a los indígenas, algunos africanos occidentales mostraban una protección parcial frente a la primera. Los esclavistas explotaron esa diferencia y en Luisiana los cautivos procedentes de las regiones más palúdicas de África se cotizaron, por lo tanto, mucho mejor. Ahora bien, que la resistencia a una enfermedad elevara el precio de un ser humano, ¿no revela tanto la ignominia de la esclavitud como el poder de unas criaturas diminutas para torcer nuestra historia?

En la «fiesta visual» que es el libro de Kuper, publicado en 2025, además de bichos kafkianos y mosquitos, desfilan otros insectos que captan precisamente lo que a nosotros se nos escapa. Así, aprendemos que una monarca percibe el campo magnético que la llevará de regreso a casa; que los escarabajos peloteros (ojo a esta hazaña) se orientan con las estrellas; que la humilde mosca es, después de la abeja, el mejor polinizador del mundo; y que los gusanos de seda, únicos insectos domesticados por el ser humano, nacen ciegos y, cuando se transforman en mariposas, ya no son capaces de volar, todo esto tras cinco mil años de cría selectiva para aprovechar su hilo.

No fue mal cambio: salí aquel día a buscar a Plinio el Viejo y volví con Peter el joven, gracias al cual recordé que el mundo natural sigue lleno de prodigios y maravillas por descubrir, pero también que buena parte permanece oculta por la sencilla razón de que no nos detenemos a mirar lo suficiente.

Una generación entera aprende a sostener la atención apenas lo que dura un reel, mientras la lentitud, la rumia y la contemplación se han vuelto una rareza. Mirar despacio (y no solo leer despacio, como quería el filólogo Nietzsche) es entonces un acto de libertad, quizá más necesario que nunca en un país como este, donde no solo importa elegir dónde posar los ojos, sino también de qué barullo mediático apartarlos.

Ojalá un libro tan bello como Insectópolis caiga en manos de lectores jóvenes, que tienen todavía tantas cosas por descubrir y tantas razones buenas, en su periodo formativo, para cultivar su mirada. Porque mirar también es aprender a desplegar unas alas, como las que Samsa lleva encima, pero jamás consigue abrir. Ya saben qué regalar esta Navidad que se avecina.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día