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Lunes 02 de noviembre de 2026 - 01:00 AM

Congreso: en el subsuelo del debate

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Cuenta la historia que hace doscientos y pico de años se armó una revuelta impresionante a causa de un florero, y, según el relato, fue una excusa perfecta para emprender toda una gesta revolucionaria. Pero un repaso elemental por las razones del conflicto hace pensar de inmediato en que había mucho más que un motivo real de fondo; sin embargo, la cotidianidad criolla insiste en demostrarnos lo contrario, retratados como una sociedad incapaz de resolver un desacuerdo sin invocar la tragedia.

Ahí tienen las peleas callejeras por un vuelto mal entregado, una luz direccional intermitente ignorada o un rayón en la pintura. Alguien pita, y de inmediato el otro se baja echando chispas, y el asunto termina con un enfrentamiento a golpes de puño, o de cruceta, con cuchillo o con plomo. Pero la pregunta elemental sigue intacta y parece esquiva para estas cabezas calientes: ¿qué se arregla a puños, a golpes, a cuchilladas o a plomo? Si el carro ya sufrió un daño en la lata, ¿qué lógica tiene sumar un muerto al cementerio o un incauto a la cárcel? Ninguna. Es pura y física barbarie convertida en costumbre.

Esa misma indigencia mental se traslada, sin escalas, al Capitolio. En el Congreso de la República se montan debates estériles en los que las leyes ya vienen cocinadas de antemano, negociadas y con los votos asegurados en la chequera de la conveniencia. Pero, a pesar de conocerse los precedentes, se arman unas peloteras monumentales. Ahora ya no se discuten ideas, se vomitan falacias y se forman griterías de plaza de mercado.

Lo ocurrido recientemente con la invitación al caricaturista Matador es una muestra de esa decadencia. Guste o no su estilo —que para nadie es un secreto que sus dibujos plantean una provocación constante, aunque amparado legítimamente por la libertad de expresión—, si se le invita formalmente bajo los protocolos del recinto, lo normal es que se le respete el uso de la palabra. Entonces ahí saltó Jonathan Pulido, alias JP Hernández, dispuesto a armar otro de esos acostumbrados espectáculos que alimentan sus redes sociales. Con su arrebato para rapar y romper carteles, demostró que lo suyo no es el debate parlamentario, sino el oficio ruin de insultador profesional.

El Congreso se convirtió en la arena de expertos en pelear por floreros insignificantes mientras se nos desmorona el país entre gritos, odios y mezquindades. Pero un sujeto cuyo apellido es “Pulido” debería esforzarse por honrarlo y mostrar algo de compostura; en cambio, prefiere el agravio ramplón constante contra quienes hace poco eran sus aliados.

Ese nivel de gesticulación de patán callejero arrastra la dignidad de la política al subsuelo. Será por su patanería que prefiere usar el apellido materno.

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