Pa toda la vida es de esas frases que todos hemos escuchado, dicho y analizado. Lo que no tengo claro es si la manera de interpretarla y evolucionarla cambia con la edad, con la madurez o con la dinámica cultural, demográfica y tecnológica de esta era.
Hace varias décadas parecía una premisa de sabiduría: tomar decisiones pensando en cosas para toda la vida. Casa, finca, pareja, amigos, club, ropa, muebles, inversiones, empresas, amores… Hoy, paradójicamente, esa misma premisa puede resultar poco acertada y, en ocasiones, poco emocionante.
“El amor es eterno mientras dura”. La frase tiene su picardía, pero también su componente realista: algo puede ser valioso y pleno sin tener que acompañarnos toda la vida.
Nuestra vida contemporánea, en particular, es de momentos. Cada uno tiene necesidades, particularidades y preferencias que nos llevan a revisar lo que elegimos. Esos momentos no tienen una edad fija ni llegan necesariamente en el mismo orden.
En nuestra juventud, probablemente nos conviene una vivienda compacta, práctica, amoblada y bien localizada. Una bicicleta, equipaje ligero, flexibilidad, muchos amigos, amigas y muchos descubrimientos… Con los años, esa vivienda puede dejar de ser la ideal para una etapa en familia, con pareja estable y amigos afines.
Después puede comenzar una segunda vida: aquella en la que el criterio para elegir deja de ser tanto la sociedad y comienza a ser uno mismo y su hogar. Vuelven a cambiar las preferencias. Puede llegar el nido vacío, aparecen otras oportunidades, otro tipo de paz y de plenitud. Necesitamos otros espacios, servicios, tiempos y, probablemente, otras relaciones afines.
Cuando buscamos vivir con mayor libertad y sabiduría, también podemos elegir dónde y cómo hacerlo. La comunidad, los servicios, la atención y la independencia adquieren otro valor. Nuevos espacios, nuevos hobbies, nuevos amigos para disfrutar la era “silver”.
Esto nos invita a desaprender algo de ese concepto heredado. Quizás el ¡pa toda la vida! deba darle espacio al ¡pa cada momento de vida! Elegir vivienda, ciudad, barrio, club, deporte o relaciones coherentes con lo que estamos viviendo.
Por supuesto, hay cosas y vínculos que siguen teniendo sentido durante toda la vida. El problema aparece cuando permanecemos por costumbre, por miedo o porque creemos que cambiar equivale a fracasar.
El apego a lo que dejó de tener sentido puede limitarnos. Para abrir espacio a nuevas experiencias, a veces necesitamos soltar bienes, trabajos o relaciones. No siempre es fácil, pero tampoco lo es vivir aferrados a una versión de nosotros mismos que ya cambió.
La vida vivida desde cada momento puede ser mucho más emocionante que la vida “resuelta” de una vez y para siempre. Nuestras decisiones y acciones deberían ser coherentes con ello.












