“Dame salsa, salsa es lo que quiero” es el eco de la emblemática novela ¡Que viva la música!, escrita por el autor colombiano Andrés Caicedo. A propósito de la conmemoración del aniversario número 50 de su publicación y su persistencia en el tiempo, recordar esta obra refresca la corriente del gótico tropical y el vínculo imperecedero de la música con la existencia.
La historia retrata a la juventud caleña, el rock, la salsa y la transformación de su protagonista, María del Carmen Huerta, convirtiéndose en un clásico de culto de la literatura latinoamericana. La independencia de Caicedo era una postura intelectual e ideológica consciente. Caicedo no era un rebelde sin causa; era un cinéfilo obsesivo, un lector voraz y un crítico riguroso que entendía perfectamente las estructuras literarias que estaba rompiendo. El escritor chileno, quien editó y prologó gran parte de la obra de Caicedo para Alfaguara, sostiene en su libro Mi cuerpo es una celda (la autobiografía armada de Caicedo) que Andrés buscaba una literatura que “sudara”, que tuviera ritmo y que se alejara de la solemnidad de la literatura bogotana o del realismo mágico ya institucionalizado.
En los editoriales de su revista Ojo al cine, Caicedo expresaba un profundo rechazo por la cultura burguesa, “bien pensante” y andina (la Bogotá fría y clerical de la época). Para él, el Caribe, el cine de serie B, el rock y la salsa de Nueva York representaban la verdadera vitalidad, una “barbarie” saludable frente a la civilización encorsetada. Un dato curioso que pocos conocen es que Caicedo comenzó a escribir esta obra en Los Ángeles, Estados Unidos. Viajó allí con la ilusión de venderle guiones de cine al famoso director de Hollywood Roger Corman. Al ser rechazado, se refugió en el blues, el rock y el cine local, vertiendo toda esa melancolía urbana en las primeras páginas de su manuscrito. La estructura misma del libro refleja este viaje: la primera parte es enteramente rockera (con los Rolling Stones a la cabeza), mientras que la segunda es un descenso frenético hacia los barrios bajos del sur de Cali, dominados por la salsa de Richie Ray y Bobby Cruz.
El relato es un himno sin rejas en el que la música se escurre por los postigos cerrados de la época. Entre tumbao y gozadera, la prosa arrastra al lector a noches de rumba que se derrumban entre los arreboles, la brisa caleña, la fauna nocturna, la tristeza y el peligro de las calles, y la crudeza de pedirle mango al maduro. El mensaje más importante es el rechazo a ser encasillados. A través de una mirada que desafía los discursos del clasismo y el sexismo de su tiempo, Caicedo nos enseñó que una ciudad debe ser vista e integrada desde todas sus orillas, haciendo que su protagonista desmonte los prejuicios de su propio origen para fundirse con el pulso popular.
Como decía Larry Harlow en 2006: “La salsa es una mezcla de la música para bailar afrocubana, del jazz neoyorquino y de la poesía”. La obra de Caicedo es precisamente eso: una proyección de múltiples corrientes que, a medio siglo de distancia, sigue bailando con absoluta dicha en el pozo sin fondo de nuestra memoria cultural.











