La circulación de las revistas literarias, en la experiencia histórica colombiana, estuvo ligada a las tertulias vespertinas que animaban los hombres de letras en los cafés. Los hermanos Agustín y Luis Eduardo Nieto Caballero fueron los propietarios del Café Windsor, el sitio de las tertulias de los poetas centenaristas que fue invadido por la generación rebelde de los Arquilókidas. Los jóvenes poetas del movimiento Piedra y Cielo se reunían en el Café Victoria. El Automático fue el café que congregó la tertulia animada por León de Greiff, Eduardo y Alberto Zalamea, Andrés Holguín, Maruja Vieira y Emilia Pardo Umaña. Los del grupo de la revista Mito se congregaban en el Café Excelsior.
Durante el período 1920-1960 encontramos en Bucaramanga un buen número de cafés literarios que reunieron a los hombres letrados que animaban tertulias. Se llamaron El Globo, La Manigua, Londres, La Rambla, La Bandera, Tobolsk, La Cítara, La Siberia, El Polo, La Llave y El Motor. En sus salones se reunían los amantes de la literatura y de la música al final de la tarde para degustar un vino Moscato Passito, algunas quinas y cervezas. Fue don Rogelio Silva Araque quien abrió las puertas del Café Inglés, que se convirtió en el sitio habitual de encuentro de Manuel Serrano Blanco, Carlos O. Pérez, Luis Prada Reyes, Saúl Luna Gómez, Luis Reyes Rojas, Luis Alfredo Núñez, José María Vesga Villamizar, Carlos V. Rey, José Vicente Parra, José Fulgencio Gutiérrez, Gabriel Turbay, Alberto Díaz Soler, Blas Hernández, José Rozo Contreras, Raúl Martínez Llach, Manuel Grajales Reyes, Antonio María Sepúlveda, David Martínez Collazos, Jaime Barrera Parra, Luis Ardila Gómez y Luis Ernesto Ardila. Desaparecidos todos esos escenarios de la socialización culta, solo quedó durante un tiempo, en la esquina del Parque Romero, La última Lágrima.
Las 18 entregas de la primera época de la Revista de Santander fueron leídas y comentadas en estos escenarios, que desaparecieron hacia 1970 en todo el país. La nueva generación pasó a reunirse en “grupos de estudio” de la literatura comunista y se amargó su vida. Se acabaron las tertulias cultas y el arte de la conversación desapareció.










