Antes de emprender una empresa arriesgada, o recorrer un nuevo año, los dirigentes de los griegos antiguos acudían a Delfos para consultar a los oráculos. Examinando los movimientos de los peces en un estanque, o las entrañas de algún animado sacrificado, la Pitonisa respondía en trance las preguntas sobre el advenir en un tono equívoco, para que el interesado se devanara los sesos interpretando lo que significaba la respuesta. Al comenzar este nuevo año, algunos dirigentes de los colombianos quisieran acudir ante algún oráculo para formular preguntas sobre un nuevo año que algunos avizoran cubierto por las tinieblas. Tarea inútil: ya no existen los oráculos y, si queda alguno, no puede predecir ni siquiera que ocurrirá mañana.
Lo ya acontecido, que es convertido en objeto por la ciencia histórica, es inútil para predecir lo que advendrá. No hay nada tan inservible como la repetida frase de George Santayana: “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Al contrario, los que más recuerdan lo acontecido son los que más tropiezan con la misma piedra. Así que hay que dejar de adivinar lo que advendrá en el año 2026, porque cada acontecimiento puede tener un significado diferente para cada persona, según la singular interpretación que haga. Para algunos, el año del Covid fue una desgracia, pero para otros fue una oportunidad para mejorar sus vidas.
2026 es un bonito número. Durante el primer semestre tendremos la oportunidad de acudir a las urnas tres veces: el 8 de marzo, el 31 de mayo y el 21 de junio. En cada una de esas jornadas comprobaremos nuestra impotencia: solo tenemos un voto del total de los 41 millones de electores potenciales. Si es más fácil ganarse una lotería, ¿para qué vaticinar resultados electorales? Por el otro lado, es un acto de fe en el invento democrático: gobiernan los que más votos reúnan, así después manden mal. Bajo cualquier resultado, de todo modo la impotencia de los ciudadanos es incontrovertible. Solo queda defender la dignidad del ciudadano frente a los abusos de las malas autoridades que predican el servicio del “nuestro pueblo”. Vanas ilusiones.










