Hace más de 20 años, con el Grupo Rastros, con Gilberto Camargo y otros, iniciamos el hermoso esfuerzo de caminar por los acogedores pueblos de Santander.

Hace más de 20 años, con el Grupo Rastros, con Gilberto Camargo y otros, iniciamos el hermoso esfuerzo de caminar por los acogedores pueblos de Santander. Una forma de recuperar los caminos reales y los caminos que construyó Lengerke.
Largos caminos como el de Los Santos a Jordán, frente al Cañón del Chicamocha, mientras descendemos a ese pueblo particular y solitario, donde la vida parece detenida, con paisaje perfecto para la película El Bueno, el Malo y el Feo de Sergio Leone, en el antiguo oeste americano. Se realizó en España, pero el paisaje ideal era hacerla allí, donde los zapatos se queman. Allí está el hermoso puente construido por el inglés o escocés David McCormick en el año 1864. Allí, ese monumento que sobrevive a los siglos. Una obra hecha con honradez. Una gallina de almuerzo nos levanta el ánimo, como dijo Zorba: “Levanta un muerto”, y nos hace hablar con alegría, celebrando la vida.
O el camino de Villanueva a Jordán, semidesértico y bello a la vez, de esa belleza que lastima:
“Conozco bien los caminos, conozco los caminantes del mar, del fuego, del sueño, de la tierra, de los aires. Y te conozco a ti que estás dentro de mi sangre.”
—Miguel Hernández.
Caminos como ese, entre arbustos y el sol arriba, castigando, acompañados de la soledad profunda del caminante, como antiguamente, llevando un corozo o habas tostadas en la boca, masticando, cada uno con su recua de mulas, lejos de sus hogares. Aparecen como únicos habitantes las brillantes y coloridas lagartijas que corren veloces y ágiles sobre las piedras, porque ellas también adoran al sol. Arbustos, piedras y montañas nos acompañan en el diálogo interno al que es sometido todo caminante. Ve el cielo azul, una que otra ave que lo cruza, el calor que agota y la sensación de libertad, la alegría de sentir la naturaleza árida y paciente. Ocho horas de caminata y también de felicidad, así, a veces, pareciera que estuviéramos perdidos ante esa inmensidad, ante ese misterio de la vida. Lo celebramos.
O el camino de Barichara a Cabrera, descendiendo entre árboles gigantes, camino al río Suárez, entrando a ese bello pueblo que permanece intacto, o permanecía, hasta que la modernidad y una alcaldada construyó un coliseo sin ninguna estética ni armonía con la autenticidad de ese pueblo.
Y por el otro lado, por las montañas verdes y llenas de robles, subimos por los caminos difíciles, en ocasiones, de Mutiscua hacia las lagunas y el frailejón sagrado, caminando en medio de la niebla y, a veces, mirando el estrellado cielo que nos habla de la solemnidad de la vida y de ese mundo que es sagrado y eterno, donde hay lagunas y quebradas de agua pura.











