Te confieso una cosa: días atrás estaba pensando en cómo escribirte una carta; le daba vueltas por todos lados sin hallar la salida porque me metí en un laberinto y siempre encontraba una calle ciega en la redacción mental que hago antes de sentarme a escribir algún texto.

Querido Dios: Te escribe Felipe Zarruk, pero todo el mundo me dice Pipe; yo sé que te acuerdas de mí porque hace exactamente un año te envié una carta a nombre de la numerosa hinchada del Atlético Bucaramanga, sus jugadores, el cuerpo técnico y los directivos. Esto incluía a todos los que desde 1948 hicieron parte de la institución. Estoy seguro de que estás muy ocupado; las guerras y los problemas que atraviesa la humanidad no dan espera y debe ser muy difícil ser Dios, porque ¡todos pidiendo al mismo tiempo! Te quitaré cinco minutos, para contarte una historia.
Me fui para Bogotá el 12 de junio del año pasado; ¡tenía cosas que hacer! Reuniones, un par de asesorías, visitar amigos; la lista es larga. Desde Rodolfo Galvis, pasando por Alejandro Pino Calad y un sinnúmero de personas con quienes hablé los días previos al partido contra Santa Fe. Mientras mi señora alistaba la maleta, le dije: “si no voy y el Atlético queda campeón, no me lo perdonaré jamás”. La compañera de mis días y mis noches apuntó: “has jodido, peleado y llorado tanto por ese equipo, que es mejor que vayas”. Yo sabía que iba a ser muy bravo el tema; el partido en sí, el rival y el arbitraje. De esto último hablamos largo y tendido con Pino durante el delicioso almuerzo del jueves a mediodía.
Te confieso una cosa: días atrás estaba pensando en cómo escribirte una carta; le daba vueltas por todos lados sin hallar la salida porque me metí en un laberinto y siempre encontraba una calle ciega en la redacción mental que hago antes de sentarme a escribir algún texto. El viernes 14, a las ocho de la mañana, me despedí de Pep Lozada con quien hacemos nuestro programa Olé Fútbol; me senté a redactar una carta respetuosa pero que conjugara todos los sentimientos que durante años llevaron en su espalda los sufridos hinchas del Bucaramanga. Yo me estaba quedando en el apartamento de Nathaly, la hermana de mi señora; tan pronto terminé dicha carta, ¡se la dejé leer! Le gustó muchísimo; a mí la verdad no me había dejado satisfecho. Al mediodía, los amigos no dejaron que hiciera siesta porque todo el mundo llamaba preguntando por boletas; ‘Chicho’ Torres y Samuel Rivera entre otros. Cuando conseguí las del ‘flaco’ Rivera, le dije que le iba a enviar una columna para que por favor la leyera. Le manifesté con sinceridad que a mí no me había gustado. A los pocos minutos llamó; entre mocos y lágrimas balbuceó que se había emocionado mucho.
Dormir esa noche fue difícil a pesar de que a las 8:30 ya estaba fundido; me desperté a tomar agua en la madrugada y de repente vi en el WhatsApp un mensaje que escurría lágrimas. Era Beto Janiot ‘chillando’ desde Oslo (Noruega); a las siete de la mañana ya tenía inundado el teléfono de mensajes y en el desayuno con mi primo Carlos Alberto y con mi compadre José Orlando Ascensio, acabé con las servilletas del pequeño restaurante. Llegué al Campín a las 2:50 de la tarde; me encontré con Didier Saúl y cuando estábamos haciendo cola para ingresar, se vino el agua. Había que agregarle ese otro condimento al plato. Del partido tengo recuerdos aislados; es más, me quise salir del estadio cuando Santa Fe igualó la serie. Didier me dijo: “Pipe, Bucaramanga no ha perdido”. En el cobro de los penales te pedía mucho; por el triunfo claro está, pero sobre todo que no me fuera a dar un infarto; ya no podía tomar más pastillas para el corazón. Recuerdo que en la cancha enfangada entrevisté a Dudamel, al alcalde Jaime Andrés Beltrán; con Jefferson Mena nos dimos un abrazo. A las cuatro de la mañana estaba en el Aeropuerto El Dorado junto a Nicolás Tarazona; en el avión les hablé a las esposas de los jugadores y a los pasajeros. A las siete de la mañana estaba tomando café en casa con mi señora, llorando y ¡dándote gracias por todo!












