Publicado por: Gonzalo Gallo
Tú, Dios mío, eres mi roca firme, mi refugio y mi fortaleza. Contigo me siento seguro en medio del peligro. En ti confío plenamente.
Me renuevas y me sostienes, me cuidas y envías tus ángeles para que me guíen y me acompañen en toda ocasión. En ti creo decididamente.
Tú Señor estás siempre conmigo y me susurras las mismas palabras que siempre has dicho a tus escogidos:
“No temas, Yo estoy contigo”. Por eso acudo a ti en los días angustiosos. En ti me apoyo confiadamente.
Oh Dios, eres mi fuerza y mi esperanza, por eso no sucumbo y creo en nuevos amaneceres.
Eres mi bastión, me llevas de tu mano y me proteges con el poder de tu Santo Espíritu. Te amo sinceramente.
Sé que mi luz está en creer, mi fuerza en esperar y mi paz en amarte, amarme y amar con todo el corazón.
Eres mi fuente de energía. Eres la suma bondad. Tu misericordia se extiende de generación en generación. Te amo.
Ganas paz si dedicas tiempo a la observación de ti mismo, una observación constante, delicada, suelta, sin artificios.
Una observación que es profunda si cierras tus ojos, aflojas tu cuerpo, respiras y te relajas bien.
Los sabios siempre han valorado la atención consciente y el benéfico ejercicio de controlar y aquietar la mente.
Busca en internet información y guía sobre Mindfulness y aprende a ser el duelo de tu mente y de todo tu ser.
Sé bien consciente de que todo en tu vida depende de tu actitud y de los hábitos que te liberan o te atan.
Es vital cortar los hábitos malsanos y potencias los positivos o crear otros nuevos que te llevan a la mejor versión de ti mismo.
Pues bien, pocos hábitos hay más benéficos que el de dedicar sin falta una media hora diaria a tu ser y tu espíritu.
Un tiempo para nutrir tu alma con meditación, relajación, conexión con Dios y con los ángeles. Eso pide disciplina y dedicación y te regala paz interior y felicidad.













