Oigo cada día con más insistencia que la política en Santander da lástima. Lo percibo en los rostros de una ciudadanía que a pesar de sus lamentos sigue votando por los mismos de siempre y que se queja de su trágica suerte como si de su voto no dependiera que las cosas pudieran ser diferentes.
Publicado por: José Manuel Acevedo M.
El problema, me dicen algunos, es que no hay alternativas distintas a las tradicionales y que ya ni siquiera estas últimas pueden ser consideradas, pues los que no se convirtieron en dinosaurios confinados a la extinción, andan presos o investigados por la Corte Suprema de Justicia. Que no hay ni siquiera malos conocidos por los cuales votar.
Los otros, los jóvenes y los que no lo son tanto, pero que provienen del sector privado y que cansados de la politiquería decidieron proponer un buen día sus nombres para la consideración del pueblo santandereano, fueron derrotados por la indiferencia de miles y tras esa derrota han preferido no volverse a aventurar.
El panorama es ciertamente desértico, salvo que aún existan algunos buenos candidatos que no hayan destapado sus cartas. Las vallas que se encuentran colgadas ya por todos los municipios del Departamento presagian unas negras elecciones parlamentarias en lo que atañe a la representación política de los santandereanos.
El leído columnista William Calderón, de El Nuevo Siglo, comentaba días atrás en su tradicional artículo que políticos como Luis Alberto Gil quieren convertir a su esposa en sucesora natural no de sus bienes, que amplios los tiene, sino de una curul harto cuestionada pero que en todo caso ganó con los votos de cientos de incautos santandereanos.
Dice también Calderón que el ex gobernador Hugo Aguilar, también investigado por la justicia, pretende entronizar a un hijo suyo y que a falta de auténticos líderes santandereanos terminamos importando a un Galán que ahora posa como nuestro. Si esas repartijas familiares resultaran ciertas y las maquinarias vuelven a aceitarse en su favor, estaríamos ahí sí condenados al fracaso.
Lo que quedaba de bancada santandereana en el Congreso se esfumó por cuenta de los carcelazos y quienes subsistieron nos dejan un triste balance pues en nada influyeron en las decisiones que el ejecutivo tomó o debió tomar en beneficio de la región. Más se logró por cuenta de líderes gremiales o puramente locales que en consejos comunales realizados por estas tierras.
Los santandereanos carecemos de representación política en el escenario nacional y la lamentable noticia es que en los próximos cuatro años tampoco la tendremos.











