El primero de abril de 1853 se posesionó como presidente de la República de la Nueva Granada el general José María Obando. Al ingresar al Palacio de Gobierno, lo esperaba el vicepresidente, José de Obaldía, quien le leyó una magistral reflexión política: un relato sobre la historia de los comicios presidenciales de 1836, cuando el general Obando había sido derrotado por el doctor José Ignacio de Márquez. ¿Por qué? Porque el primer hombre de Estado en ese momento, el general Francisco de Paula Santander, había “favorecido decididamente” la candidatura del general Obando. Los hombres grandes también yerran, sostuvo Obaldía, pues Santander no comprendió que su injerencia indebida se convertiría “en el proyectil que heriría, desde su cuna”, la candidatura de Obando, haciéndola “descender a medio vuelo”. Ese error de Santander, nunca bien deplorado, no solo dio en tierra con la candidatura de Obando, sino que produjo, en su opinión, un mal mil veces peor: una reacción antiliberal que se llamó “de los doce años” (1837-1849). El propio Obando había sufrido el destierro en patria ajena, acusado de un magnicidio que nunca cometió.
Al responder la reflexión de Obaldía, el presidente José María Obando defendió que la motivación de Santander no había sido otra que la de dar mayor arraigo a las instituciones republicanas que sostuvo durante un poco más de cuatro años de administración (1832-1837), pero reconoció que ese proyecto se había malogrado, porque su candidatura había sido vencida en la pugna eleccionaria, “llena de peripecias que no se habrán olvidado”. Se disponía ahora a gobernar, como se lo había pedido el presidente del Congreso, no para un partido sino para toda la nación, dando por aprendida la lección: neutralidad absoluta del presidente ante los procesos electorales.
Como siempre sucede, quienes más invocan la historia para su uso político nunca aprenden lecciones de lo acontecido. Siempre tropiezan con la misma piedra, porque dirigir una facción requiere una pasión decidida, pero gobernar una nación requiere serenidad. Esta es la piedra de toque de los grandes estadistas que hemos tenido, como Rafael Núñez, Carlos E. Restrepo, Enrique Olaya Herrera y Alberto Lleras Camargo.












