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Lunes 27 de julio de 2026 - 01:00 AM

Saber preguntar será más importante que saber la respuesta

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Durante el Congreso de Inteligencia Artificial de Camacol, en Cartagena, escuché cifras difíciles de asimilar.

Hoy, USA invierte más dinero en centros de datos que en edificios de oficinas, proyectando una demanda energética equivalente a 44 nuevas plantas nucleares para 2030. Robots ya construyen; agentes inteligentes diseñan, revisan contratos y controlan obras. Mientras tanto, los ingenieros gastamos el 35 % del tiempo en tareas no esenciales: 14 horas semanales perdidas; 5,5 buscando información; 4,7 resolviendo conflictos de coordinación; y 3,9 en reprocesos.

No estamos presenciando una nueva aplicación tecnológica; estamos viendo el nacimiento de una infraestructura que transformará la economía con una magnitud sin precedentes.

Sin embargo, la conclusión más importante que me llevé no fue tecnológica. Fue profundamente humana.

Durante décadas educamos a las personas para memorizar, repetir procedimientos, dominar conocimientos especializados y ejecutar tareas con precisión. Paradójicamente, esas son las capacidades que la IA está aprendiendo con mayor velocidad.

Curiosamente, mientras más inteligente se vuelve la IA, más valioso se vuelve aquello que nos hace humanos.

Las habilidades técnicas estarán cada vez más potenciadas por estas herramientas. En cambio, la curiosidad, la creatividad, la empatía, el liderazgo, la comunicación, el pensamiento crítico, la ética y la capacidad de inspirar serán mucho más difíciles de automatizar. Las llamadas power skills dejarán de ser un complemento para convertirse en el principal diferencial competitivo de las personas.

Un conferencista afirmó: «Los nuevos analfabetas serán quienes no sepan hacer preguntas adecuadas». La frase va mucho más allá de un buen prompt. Hacer buenas preguntas exige cultura, criterio, sensibilidad y curiosidad. La IA puede producir millones de respuestas, pero sigue dependiendo de la calidad de las preguntas. Las respuestas serán cada vez más abundantes; las buenas preguntas, extraordinariamente escasas.

Otra reflexión quedó resonando: «No se trata de hacer más rápido lo que ya sabemos hacer; se trata de hacer posible lo que antes era imposible». Esa diferencia cambia completamente la conversación. La IA no debe entenderse como una herramienta para reducir tiempos o costos. Es una tecnología que amplía nuestra capacidad para resolver problemas, descubrir patrones invisibles y crear soluciones que antes estaban fuera de nuestro alcance.

Quizá el mayor desafío no sea tecnológico, sino educativo. Tal vez debamos volver a formar personas más humanistas; profesionales capaces de comprender a las personas antes que dominar los procesos. Porque las habilidades duras evolucionarán a una velocidad sin precedentes, mientras que las profundamente humanas (blandas) conservarán su valor.

El mayor legado de esta revolución es recordarnos que nuestro verdadero diferencial siempre ha estado en la capacidad de imaginar, crear, comprender, inspirar y decidir con criterio. Porque las respuestas estarán al alcance de todos; el verdadero diferencial seguirá siendo quien tenga la capacidad de hacer la pregunta correcta.

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