Muchas cuartillas se han escrito recordando el nombre de Eduardo Parra Gómez. Lo han colmado de grandes elogios por sus realizaciones y por una vida llena de aciertos desde todos los puntos de vista. Vanguardia fue especialmente generosa al compartirlos con la opinión pública, pero yo no puedo dejar pasar este momento sin expresar lo que significa la partida de un gran amigo y compañero.
Podría decir que salimos juntos a cumplir con la vida, gracias a las oportunidades que nos dio, al mismo tiempo que él participaba en la creación de lo que ha sido la Corporación de la Defensa de la Meseta de Bucaramanga, de la cual fue su primer director. Y yo, desde la gerencia del Instituto de Crédito Territorial. Empresa del Estado que generó el desarrollo multifamiliar en altura. Sí, fuimos grandes compañeros y formamos nuestras respectivas familias, cuyos hijos crecieron juntos en su vida académica y social.
Eduardo le dio vida a una institución de una manera especial. Acertó en la escogencia de sus colaboradores, fueron profesionales ejemplares, transparentes en sus compromisos. Nunca hubo críticas en las entidades que ejercían su control, como tampoco en el cumplimiento de la tarea de detener el cáncer que atacaba la meseta.
Recuerdo que, en las épocas de lluvias, se desprendían trozos de manzanas, ocasionando la pobreza de sus moradores. Se iniciaron grandes obras para captar las aguas que, desde Morro Rico, atacaban la escarpa. Se canalizaron las corrientes de las quebradas superficiales, así como las internas, como sucedía con la quebrada Seca, que de seca no tenía nada, pues por su interior corrían aguas que también atacaban la meseta, ahora mediante estructuras de vertimiento, desembocaban en el río Frío.
Pero hay algo bien importante: los costos fueron exactamente los presupuestados, con utilidades razonables para los contratistas. Aquí no hubo coimas ni tajadas para nadie.
Debo también recordar que, en la quebrada Seca, había una invasión de ranchos que era necesario reubicar. Como ese asunto me correspondía a mí, dialogamos con sus habitantes y los trasladamos a una escarpa estable, sobre la salida al norte de la ciudad, una vía que inicialmente nos llevaba al Café Madrid y, desde luego, a Rionegro. El compromiso era darles vivienda en lo que hoy se llama La Juventud.
En su reemplazo fue nombrado Carlos E. Virviescas Pinzón, quien tuvo un excelente desempeño. En reconocimiento a su labor, un parque lleva su nombre. Le siguió Mauricio Amaya Mantilla y, posteriormente, Joaquín Beltrán Pinzón, quien permaneció durante catorce años y realizó una muy buena gestión. Parece que, a partir de entonces, las cosas no fueron iguales. La política llegó y acabó con ella. Ya sabemos que es como la roya: donde llega, acaba con todo. Eso decía mi abuelo.
Solo me queda pedirle a Dios que Eduardo descanse en paz, es la que merecen los justos.












