
Publicado por: Luis Fernando Rueda
“...Y ya para finalizar esta llamada ¿le gustaría darnos el número de alguna persona cercana con quien contactarnos en caso de que usted no responda?", "...le recuerdo que esta llamada está siendo grabada y puede ser monitoreada...", "...por favor me dice su número celular y una cuenta de correo electrónico...", estos tres ejemplos ocurren cotidianamente, en cualquier lugar, y tienen un elemento en común: el suministro y/o tratamiento de los datos personales en plataformas digitales.
Nunca antes los seres humanos habíamos estado tan expuestos a que nuestra información más íntima, las consultas que hacemos en internet, el uso que le damos a las redes sociales, el tiempo que duramos conectados, la clase de información que consumimos -lo que los expertos suelen llamar la huella digital- terminen en las manos equivocadas.
Ya vimos cómo Facebook, la omnipresente red social que se jacta de tener más usuarios que habitantes del continente más poblado (un tercio de la población mundial tiene una cuenta en esta red), terminó siendo vulnerada por una compañía que sustrajo los gustos y afinidades de 87 millones de personas, en los Estados Unidos, con la oscura misión de manipular el subconsciente de potenciales electores en el país que, curiosamente, se autopromociona como el guardian de la democracia en el mundo.
Los datos en el mundo digital valen oro. Cada vez que descargamos una aplicación, aceptamos el envío de información por correo, damos el número de nuestro celular, entre otros, estamos entregando practicamente las llaves de la puerta de la casa a los intrusos. A los impertinentes y a los malos. Porque en el caso de Cambridge Analytics el uso de la información fue premeditado, sin escrúpulos, con un objetivo del cual ahora parece ser la mejor estrategia electoral: robar información para torcer resultados.
Y están los impertinentes. Los que se entrometen sin contemplaciones, los que utilizan cada resquicio para colarse y acosar a su interlocutor, los que abusan de las bondades de la tecnología para, si es necesario, amedrentar al otro.
Algo habrá que hacer antes de tener que exigir que nos devuelvan la privacidad. Esa no tiene precio.










