Que un niño de apenas catorce años tenga la sangre fría para sacar un arma, en medio de un mitin político, es apenas el último eslabón de una penosa tragedia que no cesa.

La tarde del pasado sábado 7 de junio, cuando el adolescente disparó ocho veces la pistola con la cual atentó contra la vida del senador Miguel Uribe Turbay, hoy en estado crítico por las tres balas que impactaron su cuerpo, resultó ser la dolorosa demostración del fracaso que somos como sociedad. Que un niño de apenas catorce años tenga la sangre fría para sacar un arma, en medio de un mitin político, es apenas el último eslabón de una penosa tragedia que no cesa: el uso de menores de edad en la comisión de delitos.
No es un hecho inédito. En la Colombia de los años ochenta del siglo pasado emergió la tenebrosa figura del sicario motorizado, asociado a hombres jóvenes, vinculados a bandas terroristas al servicio del narcotráfico, quienes cometieron toda clase de crímenes los cuales, incluso, sirvieron hasta para romantizar, por medio de mitos, películas y libros, una época de ingrata recordación para quienes vivimos esa época.
Están los miles de niñas, niños y jóvenes reclutados a la fuerza por las extintas guerrillas y los grupos paramilitares que, antaño, depusieron sus armas, causando una dolorosa herida que aun no cicatriza, y que continúan haciendo bandas armadas organizadas, como el Clan del Golfo, o insurgentes, como el ELN y las disidencias de las FARC, las cuales cercenan familias enteras que ven como la vorágine de la violencia se empecina en ir y volver sobre sus muertos.
Hoy, ya con la distancia que permite el paso de los días, luego del lógico choque emocional que un hecho de esta clase produce en el sentimiento colectivo, y dejando de lado la catarata absurda de odio y desinformación que ha circulado por redes y grupos de mensajería, caben a lo mejor dos preguntas sobre las causas que llevaron a un muchachito, que puede tener la edad de su hijo o nieto, a intentar quitarle la vida a un hombre al que, reconoció, no sabía quién era.
¿Qué puede haber detrás de un niño que asesina a sueldo? ¿Cuál es la responsabilidad del Estado y la sociedad? “Perdón, lo hice por plata, por mi familia”, gritó el sicario antes de ser capturado por las autoridades, las cuales revelaron más tarde que era desertor de programas estatales de resocialización dirigidos a jóvenes en situación de calle marcados por un contexto de abandono, exclusión y marginalidad.
Como ese hay cientos de casos de colombianos sin esperanza que, como en la película Rodrigo D No Futuro, apelan a las drogas y la violencia para sobrellevar la pobreza, lo que los vuelve atractivos para ser captados por grupos criminales con el fin de involucrarlos en actividades ilícitas como microtráfico, extorsión y sicariato. La flor muerta en primavera.











