Lo vi convertirse en un destacado jurista, académico y columnista, siendo su voz en esta tribuna, que atesoraba con sumo cuidado, un ejemplo de rigor, crítica y denuncia por temas que tenían que ver con su ciudad.
El día que Helman Villamizar, hasta hace poco jefe de redacción de este diario, llamó a decirme que mi columna pasaría los domingos para ocupar el espacio dejado por Miguel Ángel, al haber sido designado este último director del periódico, pensé de inmediato que era una broma pues, cada que me veía con Pedraza, siempre vociferaba, entre carcajadas, que yo era su columnista preferido.
El inmerecido halago lo recibía, creo yo, por ese cariño que nos teníamos al haber coincidido en una época dorada del barrio Conucos, en donde formó parte de un equipo de fútbol de ensueño -así lo veía desde mi inocencia de niño- con los Núñez López, los Serrano Gómez, Martín Peluffo, el ‘loco’ José Ariza y, en vacaciones, el refuerzo estelar de ‘Cecé’ Peluffo. Su simpatía y caballerosidad le alcanzaron para ganarse el corazón de Olga Lucía, noviazgo al cual, junto con mis hermanas, le hacíamos barra.
Lo vi convertirse luego en un destacado jurista, académico y columnista, siendo su voz en esta tribuna, que atesoraba con sumo cuidado, un ejemplo de rigor, crítica y denuncia por temas que tenían que ver con su ciudad y, especialmente, por la corrupción rampante en las entidades oficiales. No le temblaba el pulso para señalar cada entuerto que encontraba y esa valentía lo llevó a ser uno de los columnistas más influyentes de la región, quizás el que más.
El Club del Comercio se convirtió en su oficina itinerante, y de paso, fue presidente de su junta directiva por varios periodos, buscando siempre proteger un patrimonio arquitectónico de la capital santandereana y devolverle el brillo que el paso del tiempo ha pretendido arrebatar. Junto con otras y otros ‘quijotes’ le dedicó el último esfuerzo, porque hasta allí fue a buscarlo la parca, con ese entusiasmo que lo caracterizaba. Sus entrañables amigos, que se reunían en largas jornadas de billar, así lo recordarán.
Tuvo, entre otras cosas, la gentileza de servir como anfitrión, por convocatoria de Álvaro Beltrán Pinzón y Donaldo Ortiz Latorre, en un par de reuniones de columnistas de Vanguardia con el fin de conocernos y, como no, de enterarnos del curso emprendido por este medio de comunicación en tiempos tan inciertos. Así llegó a la dirección de este periódico, en un paso fugaz motivado a lo mejor por la dictadura del SEO, la ansiedad por el clic, la obsesión por las noticias más vistas y toda esa locura a la que, en detrimento del buen periodismo, nos ha llevado la economía de la atención.
Aquí está su columna, Miguel Ángel. El mejor homenaje a su memoria será enaltecer este espacio, del cual soy su inquilino, procurando estar a la altura de ese encargo. Descanse en paz buen hombre.












