Publicado por: Rafael Gutierrez Solano
El tratadista de derecho penal Pietro Ellero consigna esta expresión: “... la tarea del juez es un oficio usurpado a los dioses...”. Resulta de interés en esta época tal frase, porque la sociedad siempre ha deferido labor tan digna y encomiable a un puñado de ciudadanos privilegiados, que se presume son ejemplo para todos los asociados. Quien arriba a estas ocupaciones no solo debe cumplir con los requisitos legales, sino asimilar el aforismo mencionado, y estar precedido de unos antecedentes que lo muestren como hombre pulcro, libre de ataduras malsanas, de buenas costumbres, disciplinado y recto.
Con el tiempo, para infortunio de algunas comunidades este perfil lo han desdibujado en casos excepcionales algunas personas que han llegado a esos calificados destinos olvidando lo anterior, desatendiendo el mandato conferido y provocando la desafortunada consecuencia de ser cuestionados en sus comportamientos y decisiones, y en otras circunstancias, hasta ser procesados y condenados por la misma justicia que juraron honrar y representar con honor. Alguien decía que condición sine qua non para ser buen juez era ser buena persona. Para reafirmar lo que significa la condición de ser Juez de la República menciono apartes de un escrito del fraile benedictino español Benito Jerónimo Feijóo, que nos presenta la carta de un veterano Magistrado a su hijo recién designado juez en la España del Siglo XVIII:
“No sé, hijo mío, si celebrar o llorar la noticia que me das, de haberte honrado Su Majestad con la toga de juez. Te contemplo en una esclavitud. Ya no eres mío, ni tuyo, sino de todo el público. Las obligaciones de este cargo no solo emancipan de tu padre, también debes desprenderte de ti mismo... Tu bien propio, lo has de considerar como ajeno, y solo el público como propio. Si estás muy enamorado de la hermosura del oro, si te conoces muy sensible a los ruegos de parientes y amigos, no puedes, en mi sentir, entrar con buena conciencia a la judicatura. Tus pasiones, que has de tenerlas... deberás dejarlas en los estrados del Tribunal, pues has de juzgar sin afectos y sin odios. Podrás equivocarte, por ser el error servidor de lo humano, más en este punto siempre deberás recordar dos cosas: que lo malo no es equivocarse, si no persistir en el error, y que dos errores jamás hacen una verdad. También en el camino del que hace justicia hay días y noches, horas de intensas satisfacción y de profunda amargura y ambas son parte de una misma realidad”.










