jueves 11 de junio de 2020 - 12:00 AM

El Guardián del Cóndor

La racha ha continuado porque no se ha implementado una política criminal de justicia que disuada a los delincuentes. Éstos saben que más temprano que tarde, serán beneficiarios de un remedo de castigo al que poco le temen.
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De tantas historias tristes y crímenes abominables con los que está empedrada Colombia, conocidas y padecidas por mi generación desde hace décadas, quizás poco le puede importar a la sociedad un asesinato más referido en una publicación de la revista Semana, ya que la sensibilidad se agotó, y nuestro medio está anestesiado ante tanta barbarie. Se trata del asesinato de Carlos Aldairo Arenas “Cejas” guardián campesino solitario, desprotegido, humilde, defensor del Parque de los Nevados, uno de los últimos refugios del cóndor, nuestra ave insignia nacional. A su discreto sitio de vivienda y reposo a más de 4.000 metros de altura llegaron a finales del año anterior un grupo disidente de las FARC, lo sacaron a la fuerza– al parecer algunos ya capturados- y lo eliminaron, para tomarse áreas de ese sector en Tolima e instalar campamentos de guerra y continuar con su desenfrenada máquina de terror que nada (leyes) ni nadie (autoridades) los detiene.

Si de antaño se conocía por la comunidad la labor de Arenas como guía turístico y líder de una hermosa faena ecológica en esos apartados territorios de la geografía nacional, además de los riesgos que asumió, impidiendo la tala de bosques en la zona del páramo, ¿por qué no evitaron que lo mataran? Me conmovió este trágico suceso que sólo salió a la luz pública cuando fue aprehendido un delincuente perteneciente a ese grupo guerrillero de larga trayectoria, al parecer involucrado en ese hecho doloroso. La racha ha continuado porque no se ha implementado una política criminal de justicia que disuada a los delincuentes. Éstos saben que más temprano que tarde, serán beneficiarios de un remedo de castigo al que poco le temen. Mientras tanto el medio ambiente, sus paraísos naturales, ríos y quebradas de nuestra Nación siguen desprotegidos, devastados sin contemplaciones, sin dolientes, olvidando el adagio que enseña: Dios siempre perdona, el hombre a veces perdona, pero la naturaleza nunca perdona.

Esa fue la triste suerte de Carlos Aldairo en esta frustrada cruzada natural durante toda su vida que no le perdonaron sus asesinos. Más que un crimen, fue un error.

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