viernes 13 de noviembre de 2020 - 12:00 AM

Semana perdida

Hoy ya no hay sospechas. Hoy todos sabemos, hasta los más ingenuos, que la máscara de la rigurosidad periodística les tallaba más que un tapabocas.
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Columna de
Santiago Gómez

La renuncia masiva de periodistas a la Revista Semana benefició a quienes renunciaron y a sus lectores, pero perjudicó seriamente al medio.

Benefició a quienes se van porque, con ese acto, declararon públicamente que defienden el periodismo independiente y sin ataduras, que mantienen principios coincidentes con el buen ejercicio de lo periodístico y que son capaces de sobreponer los intereses superiores de lo moral a los económicos individuales. Mi respeto y admiración para ellos. Nos están dando una lección de gallardía y transparencia que en este país no es muy frecuente y de la que muchos periodistas deberían aprender. Espero que vengan pronto un par de renuncias más.

Beneficia a sus lectores. Por un lado, a los pocos que aún conservan, pues obtendrán lo que quieren de un medio sesgado que replica como loro aquello que quieren oír para que sus ideas de supremacía y exclusión les reconforten. Pero por otro, también a los que decidimos dejar de ser sus suscriptores desde que hace ya rato entendimos que el barco de la independencia sobre el que nos querían hacer creer que navegaban, empezó a filtrar agua. Todos los públicos salimos favorecidos de esta torpe, pero absurdamente sincera movida de aceptar, de una vez por todas, que la intención con la que escriben, investigan y publican, no es otra diferente a la de favorecer los intereses de una élite que hoy intenta monopolizar el poder público en el país. Hoy ya no hay sospechas. Hoy todos sabemos, hasta los más ingenuos, que la máscara de la rigurosidad periodística les tallaba más que un tapabocas. Esa revistica es hoy simplemente un megáfono de Gilinsky, donante destacado de la campaña del subpresidente y sus amigotes, capitaneada por periodistas que esconden tras su pluma intereses políticos de familias cuestionadas. Y tampoco quieren ser nada más. Se sinceraron. Se convirtieron en un simple restaurante que rinde la sopa y la salsa de tomate con agüita, en una revista que diluye la verdad con sus propios intereses.

Cada vez es más fácil distinguir el buen periodismo del malo.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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