Montar, a lo mejor, no es sólo un modo de moverse sino también de estar. Y, en un país como Colombia, de estar junto al campesino, de ver junto a sus ojos. ¿Pero de ver qué cosas? Por un lado, cómo el país profundo no ha sido construido por los gobiernos, sino más bien a pesar de ellos. Por el otro, cómo el mapa real de Colombia no lo trazan los ministerios, sino las trochas abiertas por el machete y la reciedumbre.

Cabalgar implica una presencia total en el momento sin la que el cuerpo y la mente no pueden volver a fundirse —o, más bien, recordar que ya están primigeniamente fundidos—, gracias a la cual aparecen, por un momento, la armonía, la confianza, el agradecimiento y la esquiva felicidad.
Montando a caballo se despierta algo parecido a un instinto antiguo y, si el jinete es pacífico, el gesto suave, la intención y el cariño (nunca la violencia, nunca el mal trato) se hacen lenguaje. El lenguaje, entonces, se convierte en aventura, y la aventura en conocimiento: de uno y del ritmo, del paisaje y del país.
Al recorrer el sinfín de trochas perdidas que atraviesan Santander —para lo cual, por lo demás, hay que dejar atrás el suntuoso e inútil caballo de “paso fino”— se revelan las montañas que rara vez aparecen en las noticias y, sobre todo, los rostros, las voces y las manos (siempre recuerdo las manos) que le han dado el alma a este ingrato país.
Jinetiando, al paso, al trote, hablando y callando, en una meditación andante y compartida, se va intuyendo una nación en la que es difícil no descubrir a la vez dos cosas: riqueza natural y humana, e historias de violencia, desplazamientos y dignidad.
Por un momento impresiona la tragedia, luego, la manera en que la vida insiste en salir adelante. Donde cualquiera esperaría sólo resignación, aparece la risa; y si algunas historias escuchadas invitan al dolor, la hospitalidad espontánea transporta a un presente sonriente. Todo, quizás, como si estuviéramos ante sabios y sabias orientales pero encarnados entre el tabaco y la yuca.
Muchas historias campesinas pueden empezar en toda Colombia como empieza La Vorágine: “antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”. Con todo, la mayoría de esas historias, cuando se escuchan de viva voz, no terminan ahí. Tras el desarraigo, suele aparecer la fuerza serena de quien quiere volver a sembrar, a criar, a reconstruir lo destruido.
El otro día, mientras cabalgábamos por la vereda de El Limón, la generosidad del campo santandereano nos anonadó. Sin conocernos, doña Gladys nos invitó a pasar a su casa y nos hizo sentarnos en la cocina de leña para recibir un tinto recién colado, una cuajada con melao, un vaso de guarapo frío, arepas amarillas y mute humeante. Yo, que normalmente no como carne, engullí entero el mutecito, porque, si no era acá, ¿dónde más?
“Aquí nunca llegó el Estado, mijo” —dijo la señora con esa mezcla de indignación y lucidez que solo tienen los que han vivido mucho y hablado poco—. “Y, cuando alguna vez se asomaron los politiqueros, fue como en la canción: para construir puentes donde no había ríos. Todo nos tocó hacerlo con las uñas, desde la escuela hasta el puesto de salud, en el que solo hay Dolex”.
Montar, a lo mejor, no es sólo un modo de moverse sino también de estar. Y, en un país como Colombia, de estar junto al campesino, de ver junto a sus ojos. ¿Pero de ver qué cosas? Por un lado, cómo el país profundo no ha sido construido por los gobiernos, sino más bien a pesar de ellos. Por el otro, cómo el mapa real de Colombia no lo trazan los ministerios, sino las trochas abiertas por el machete y la reciedumbre.
Decía Montaigne que si los astros le dieran a escoger cómo pasar su vida, sin rechistar escogería pasarla “con el culo puesto en la silla de montar» (ojo, son sus propias palabras: «je choisirois à la passer le cul sur la selle”). Y, francamente, si a mí me dieran a escoger, hablaría igual que el pensador francés, siempre y cuando cada desmontada no fuera para entrar en un castillo, sino en una casa de bareque y cocina de leña… como debe ser.











