lunes 01 de julio de 2019 - 12:00 AM

El desplazamiento interno, drama sin fin

A esa amarga realidad no se le ha puesto el cuidado que reclama y pone en evidencia que en Colombia hay más territorio que Estado y este último no ha logrado hacer presencia permanente en amplias regiones de la geografía patria.
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El informe “Tendencias globales de desplazamiento forzado en 2018”, elaborado y publicado por la oficina del alto comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur), pone en evidencia un drama que hace mucho tiempo vive Colombia, que se padeció a lo largo del siglo XIX como consecuencia de las numerosas guerras civiles que en tal centuria hubo, que se reprodujo masivamente a causa de los actos de violencia que se han vivido desde la última parte de los años 40 del siglo XX, que enlazó con el surgimiento del fenómeno guerrillero para crecer exponencialmente con la activa presencia de los numerosos actores del conflicto interno armado que desde entonces sufrimos.

Según dicho informe de la Acnur, Colombia ocupó -por cuarto año consecutivo- el primer lugar a nivel mundial en número de víctimas de desplazamiento forzado dentro del mismo país y no hay señal que indique que el asunto vaya a mejorar sustancialmente en los años que vienen.

A esa amarga realidad no se le ha puesto el cuidado que reclama y pone en evidencia que en Colombia hay más territorio que Estado y este último no ha logrado hacer presencia permanente en amplias regiones de la geografía patria.

La Defensoría del Pueblo señala que en 2019, entre enero y el 7 de junio, ha habido 35 desplazamientos masivos que han dejado 8.223 víctimas, número superior al que hubo en el primer semestre de 2018.

El Estado no se preparó para copar las zonas donde operaban las Farc y logrado el acuerdo de paz con este grupo guerrillero, otros actores armados ocuparon tales territorios, se tomaron la economía ilegal, el cultivo de coca, el narcotráfico y la minería ilícita. Y a eso se suma que están “resembrando” minas antipersonas en buena parte de los territorios en que ellas ya se habían removido.

Así, la realidad de la Colombia citadina es una y la de la Colombia profunda es otra, muy distinta; esta última sigue siendo tierra de nadie, en ella el Estado ha sido inferior a las obligaciones que tiene, lo que ha sido aprovechado por grupos armados que se alimentan de la prosperidad del narcotráfico y la minería ilegal. Y, desafortunadamente, no hay señales de que el asunto vaya a cambiar a corto o mediano plazo.

editorial
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