En su sonrisa se plasma la alegría que le produjo su matrimonio. Aunque siente tristeza al decir que su relación no funcionó porque, según dice, su esposo le fue infiel, María* se siente satisfecha de haber recobrado su vida civil y haber vivido lo que había dejado de soñar cuando estuvo presa por integrar las Autodefensas desde sus 16 años de edad.

Publicado por: Julián Espinosa Rojas
Hoy es estudiante universitaria de psicología, trabaja, es soltera y participa activamente de los procesos que adelanta la Alta Consejería para la Reintegración de la Presidencia de la República, para dar a conocer cómo fue su juventud cuando fue reclutada por un grupo paramilitar en el municipio de El Carmen, Santander.
La crudeza de su historia, que parece más trágica de lo que su timidez le deja contar, fue expuesta ayer ante niños y jóvenes de cuatro instituciones educativas de la ciudad, dentro de una actividad que se desarrolló simultáneamente en otros 26 municipios del país, en una jornada de rechazo a la inclusión de niños y jóvenes en el conflicto armado colombiano. La actividad fue llamada 'Mambrú no va a la guerra, éste es otro cuento'.
Víctima del conflicto
Su historia, con un suspiro en el inicio, comienza cuando dice que de niña, su familia fue víctima del desplazamiento debido a los continuos enfrentamientos entre organizaciones ilegales y la Fuerza Pública. "Vivía en una familia muy disfuncional. Somos 11 hijos, pero mis papás siempre peleaban además de lo dura que era la situación en el campo. Se vivía con miedo a toda hora", recuerda la joven.
A sus 16 años, creyendo que era el momento de abandonar su hogar pensó que la mejor alternativa era colaborar con los grupos paramilitares que durante varios años pasaban por su casa como una muestra de dominio territorial.
"Al principio fue ayudarles con una tienda, pero ya después se comienzan a ver cosas y de un momento a otro ya tenía armas en mis manos", expone.
La crudeza de la guerra, así como las prohibiciones para ver su familia o, incluso, sentir la calidez de "su disfuncional" familia, como ella le dice, comenzaron a afectar su ánimo y sus aspiraciones personales.
Entre pausas, esta mujer de piel morena, esbelta figura y llamativa sonrisa, levanta la cara para contar su historia. Dice que da pena hacerlo, pero que "es algo que debo afrontar".
Según expone, su historia "es importante que se conozca porque me duele haber perdido mi juventud".
Entre los impresionantes detalles del relato de esta mujer que a simple vista pasa desapercibida entre cualquier joven de la ciudad, estremece cuando se escucha que recorrió durante más de cinco años las montañas de Cimitarra, Landázuri, San Vicente de Chucurí y El Carmen.
"El día que más miedo sentí fue el día que me capturaron. Eso fue en 2003, un día después de elecciones. Ese día un tiro de fusil pasó por mi oído. El Ejército nos llegó en donde estábamos y corrimos porque creíamos que era nuestro último día de vida".
La joven fue judicializada junto a otras cuatro personas por varios delitos. Ella, con apenas 19 años de edad, fue enviada a la prisión de mujeres tras ser hallada culpable por el delito de concierto para delinquir. Ya en la cárcel, por su buena conducta su pena se redujo a dos años y medio, pero el día que quedó en libertad debió presentarse de nuevo ante el grupo paramilitar al que perteneció. Ese día, según relata, le dijeron que no podía abandonar la organización y recibió la orden de reanudar sus actividades. Los meses continuaron hasta que en 2006 entregó sus armas y se acogió a los programas de desmovilización y reinserción que ofreció el Gobierno Nacional.
Ahora, en un cálido diálogo, esta joven dice que no ha sido fácil continuar con su vida pero se muestra feliz al decir que en los últimos cinco años pudo terminar su bachillerato, iniciar la universidad, casarse con alguien a quien ella quería y sentir el apoyo de su familia cuando su esposo, un miembro activo del Ejército que, aunque aceptó su pasado, "me falló como marido".
*Reserva de identidad por motivos de seguridad.














