Ola verde
Domingo 19 de julio de 2026 - 03:15 PM

El ‘Ángel’ que protege la vida en las montañas de Santander

A través del uso de cámaras trampa, el seguimiento de rastros y el trabajo conjunto con instituciones, en las montañas de Gámbita, Ángel Yesid González aporta información clave para entender el comportamiento del oso andino y proteger los bosques de niebla donde habita.

Tomada de redes sociales (@angelentremontanas) /VANGUARDIA
Tomada de redes sociales (@angelentremontanas) /VANGUARDIA

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El oso andino fue la puerta de entrada. Antes de las aves, de los binoculares y de su cita inaplazable con el Global Big Day, Ángel Yesid González ya recorría su territorio, la vereda El Palmar, en Gámbita, con los ojos puestos en ese animal que, durante años, marcó su relación con el ‘monte’.

“Estaba en conflicto con los vecinos”, cuenta. En ese momento, como ocurre aún en algunas zonas rurales, la presencia del oso generaba tensiones, por lo que su respuesta fue llamar a las autoridades.

“Es un animal grande, quizá el individuo que más conflicto puede generar en la mente de las personas en el territorio; entonces, me sentí en el compromiso de defenderlo”, apunta don Ángel.

Parques Nacionales Naturales de Colombia llegó al lugar. Hubo acompañamiento técnico y socialización con la comunidad.

Don Ángel quería entender al oso, saber por qué aparecía, qué buscaba y cómo convivir con alguien que, aunque quiera, es casi imposible que pase desapercibido. Con el tiempo, ese mismo proceso lo fue llevando a mirar más allá.

Así, casi sin proponérselo, el camino del oso lo terminó acercando a las aves y a una forma distinta de leer el bosque.

En medio de esa visita a su predio, notó la presencia de la que sería su otro símbolo en la conservación: el inca negro.

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“Vieron al Coeligena prunellei, o el inca negro. La doctora Julia Miranda… y entonces ahí inició el interés y el trabajo con las aves”, recuerda.

Fernanda Sandoval /VANGUARDIA
Fernanda Sandoval /VANGUARDIA

Ese encuentro abrió una puerta que hasta ese momento no había considerado. Le hicieron una invitación a aprender sobre las especies que viven en su entorno y la aceptó sin titubear.

“Esto es un ‘vicio’ muy bonito porque, a la hora que se engancha con este tema, ya uno no lo suelta. Ha sido un proceso muy bonito porque ha llevado al tema de concienciar a los vecinos, a trabajar con ellos para la conservación de los recursos naturales”, apunta don Ángel Yesid González.

Del oso andino al canto de las aves

Fue solo hasta aquella visita que su mirada cambió, a pesar de haber visto muchas veces al oso cuando era niño. “Encontraba rastros, reconocía los árboles donde se rascaba. Era algo cotidiano. Para mí eso era normal”, dice.

Con el acompañamiento de instituciones y expertos, eso tomó mayor sentido. Hoy habla de monitoreo, comportamiento y conservación.

Los rastros dejaron de ser datos sueltos y empezaron a tener sentido para entender cómo vive el oso, qué necesita y qué papel cumple en el ecosistema.

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Gracias a las cámaras trampa se ha podido captar su presencia en el predio de don Ángel, en Gámbita; y en Virolín, Charalá, a pocos minutos de allí. Vive entre los bosques de niebla.

Las huellas en el barro, los excrementos con semillas y los árboles rayados fueron las primeras señales que leyó don Ángel para empezar a trabajar.

En lugares como la Reserva Natural Cuchilla del Rayo, en Virolín, el trabajo lo lideran Elkin Briceño, especialista en conservación, y el biólogo Fernando Cáceres. Don Ángel se ha sumado a ellos. Junto con su hija, incluso ha seguido las pistas de las semillas encontradas en el excremento del oso. Las recolectaron, crearon un vivero y empezaron a sembrarlas. Es su forma de devolverle algo al bosque.

Don Ángel también trabaja actualmente con Corpoboyacá y la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC) en un trabajo de monitoreo que busca censar a los individuos en la zona y entender cómo se mueven. Esta información servirá para tomar decisiones y asegurar la conservación de la especie.

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Pero para él hay algo más allá de los datos. Ver una imagen en una cámara trampa, reconocer a un individuo meses después, tiene un valor personal.

“Tener la satisfacción de que en una cámara de fototrampeo hoy lo miro y que, a los seis meses, vuelve y aparece, es una alegría inmensa. Es como cuando uno ve a un familiar… ese familiar que se fue y del que no sabe nada, pero que uno mantiene en su mente con la esperanza de volverlo a ver. Cuando uno vuelve a registrar otra imagen del mismo individuo, se le llena el pecho de emoción y de mucho gusto”, destaca don Ángel.

Aunque el oso andino sigue siendo el centro de todo, don Ángel encontró en otras especies una forma de trabajar con la comunidad.

Fernando Cáceres /VANGUARDIA
Fernando Cáceres /VANGUARDIA

“Alrededor de esta se encuentran las demás especies: las aves, los árboles; en general, todo forma parte de una cadena que se va desarrollando alrededor de una o varias especies, una cadena de conservación”, agrega.

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Los vecinos comenzaron a acercarse con preguntas, con descripciones de aves que veían en sus fincas. Don Ángel responde con aquello que lo caracteriza y tiene siempre a la mano: la guía ilustrada de avifauna colombiana de Fernando Ayerbe, una sonrisa y la disposición para enseñar.

Ya suma seis jornadas consecutivas de Global Big Day, la cita anual de conteo de aves más importante del mundo. “Llevo ya seis años juicioso en la tarea”, destaca. En su predio tiene censadas alrededor de 60 aves y cada año suma más apasionados, pajareros, expertos e inexpertos a su equipo.

Los vecinos ya lo reconocen como el ‘Ángel’ de la conservación que vive entre las montañas de Santander.

“Las conversaciones con ellos arrancan con preguntas: ‘es que vi un ave aquí y es así…’ y siempre cargo mi guía, entonces saco y les muestro”, cuenta.

Ese trabajo cotidiano ha ido dejando resultados. La conversación sobre el territorio ya no se queda solo en lo que afecta; también incluye lo que se puede proteger.

“Ha venido creciendo el amor por la práctica de salir a avistar aves como una forma recreativa, una forma de relajarse, de vivir una experiencia diferente, de tener una conexión directa con la naturaleza, y es algo muy bello”, narra.

El contacto con la naturaleza mueve cosas que no siempre se pueden explicar. “Todos los días hay emociones porque salen cosas de adentro del corazón”, afirma.

A pesar de los años de trabajo en comunidad, para don Ángel esa sensación no desaparece. “Si sumercé puede admirar un ave, hay que mirar más allá: qué árbol es el que lo alimenta, qué otros animales están asociados. Ahí es donde se da uno cuenta de que todos los elementos en la naturaleza son válidos, porque sin ese equilibrio no habría conservación en el planeta”, dice.

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