Santander tiene experiencias de producción agroecológica, pero todavía existe una pregunta sin respuesta: ¿qué tan sostenibles son realmente sus fincas? Una metodología de la FAO permite evaluar esa transición con criterios que van mucho más allá del rendimiento de los cultivos.

Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz
A medida que aumenta la conciencia global frente a la complejidad de los desafíos que enfrentamos en torno a la sostenibilidad, el desarrollo rural y el avance hacia sistemas regenerativos, quiero hacerles una pregunta: ¿Cómo sabemos si una finca es realmente agroecológica?
¿Basta con aplicar abono orgánico y dejar de utilizar determinados productos? ¿Con tener varios cultivos sembrados en una misma parcela?La respuesta es mucho más compleja.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, desarrolló una herramienta denominada TAPE, por sus siglas en inglés, Tool for Agroecology Performance Evaluation, o Instrumento para la Evaluación del Desempeño Agroecológico.
¿Cómo saber si una finca es realmente agroecológica? La respuesta no está solamente en lo que produce. También hay que mirar el suelo, la biodiversidad, la autonomía productiva, los ingresos, la participación familiar y la manera en que el sistema enfrenta sus desafíos.
No es una certificación que determina si una finca aprueba o reprueba, sino una metodología que permite evaluar el nivel de transición agroecológica de un sistema productivo y sus resultados en diferentes dimensiones de la sostenibilidad.
Importa cuánto producimos, pero también cómo lo hacemos
La agricultura suele medirse mediante indicadores conocidos: toneladas por hectárea, rendimiento, costos e ingresos. Sin embargo, una finca es mucho más que una fábrica de alimentos.
La evaluación TAPE propone observar cinco grandes dimensiones: gobernanza, economía, salud y nutrición, sociedad y cultura, y medio ambiente y cambio climático.
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Para ello considera aspectos como la tenencia de la tierra, la productividad, los ingresos, el valor agregado, el uso de plaguicidas, la diversidad de la alimentación, la biodiversidad, la salud del suelo, la participación de las mujeres y las oportunidades para los jóvenes.
La metodología se apoya además en los diez elementos de la agroecología establecidos por la FAO: diversidad, sinergias, eficiencia, resiliencia, reciclaje, creación e intercambio de conocimientos, valores humanos y sociales, cultura y tradiciones alimentarias, gobernanza responsable y economía circular y solidaria.
Y aquí aparece una diferencia fundamental: aplicar abono orgánico no es igual a tener un cultivo orgánico y mucho menos significa, por sí solo, hacer agroecología.
Una finca puede tener varios cultivos sin que exista una verdadera integración entre ellos. Puede reciclar residuos y, al mismo tiempo, depender demasiado de insumos externos. Puede ser productiva, pero presentar problemas de biodiversidad, suelo o participación familiar.
La agroecología es entonces un proceso de transición que involucra múltiples dimensiones de la finca y de quienes la habitan.
Tampoco se trata solamente de tener un bolsillo abultado. El reto está en que la rentabilidad no se construya a costa de deteriorar las condiciones que permitan seguir produciendo en el tiempo.
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En Colombia ya empezó a medirse esa transición
En octubre de 2025 se publicó una investigación realizada en 25 fincas de la zona de transición Andino-Amazónica de Colombia, en Caquetá. Los investigadores utilizaron TAPE, analizaron los diez elementos de la agroecología y evaluaron 23 indicadores económicos, ambientales y sociales.
Entre los diferentes tipos de fincas estudiadas, las fincas familiares mixtas alcanzaron el mayor nivel promedio de transición agroecológica, con un resultado de 60,5 %, según el resumen del estudio. Se destacaron por aspectos como la diversidad de cultivos, las sinergias, el reciclaje, la salud del suelo, la autonomía productiva y la participación de la familia en las labores de la finca.
El estudio reportó, entre otros resultados, un 64 % en diversidad de cultivos, un índice de salud del suelo de 4,24, una autonomía productiva de 0,69 y un 85 % en el indicador de miembros de la familia empleados en la finca.
Pero este no es el único antecedente colombiano.
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En Guachetá, Cundinamarca, una investigación utilizó TAPE para analizar siete fincas y estudiar sus posibilidades de transición agroecológica. Allí se encontró que los sistemas especializados en producción de leche y papa estaban asociados con una menor diversidad agrícola y una mayor dependencia de agroquímicos, lo que se relacionaba con menores sinergias y baja rentabilidad. El estudio planteó como alternativas la diversificación de cultivos e ingresos y una mayor acción conjunta entre los actores del territorio.
Mientras en otros territorios ya se utilizan herramientas para medir la transición agroecológica, en Santander todavía no hay registro público de una aplicación de TAPE. El desafío es saber qué tan sostenibles son realmente las fincas del departamento.
TAPE también ha sido puesto a prueba en Biosuroeste, en Antioquia, un agroparque de los Andes tropicales que reúne diferentes actores y estructuras productivas. Allí se encontraron altos niveles de transición agroecológica, aunque también dificultades para aplicar una herramienta diseñada principalmente para sistemas de tipo familiar a una estructura con múltiples actores.
Estos ejercicios muestran que la herramienta puede aplicarse en contextos diversos, aunque debe considerar las particularidades de cada territorio.
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A escala internacional, la FAO informa que TAPE ha sido aplicado en 54 países y unas 12.000 fincas, buscando generar evidencia comparable sobre el desempeño multidimensional de la agroecología.

¿Y cómo estamos produciendo en Santander?
Hasta donde permiten verificar las fuentes públicas consultadas, no encontramos un registro de que TAPE haya sido aplicado en Santander. Sí existen experiencias y trabajos relacionados con agroecología en nuestro departamento, pero no es lo mismo desarrollar una práctica agroecológica que aplicar formalmente una herramienta internacional diseñada para evaluar la transición de un sistema productivo.
Y aquí surge una oportunidad para nuestro territorio.
Tener diversidad de plantas o eliminar agroquímicos no convierte automáticamente a un predio en un modelo agroecológico. La evaluación del desempeño agrícola está migrando hacia un análisis multidimensional que contempla desde la salud del suelo hasta la equidad de género, demostrando que la rentabilidad del campo no puede construirse a costa del deterioro de sus recursos.
Si en distintos lugares del mundo ya se está intentando medir la agroecología con criterios que van mucho más allá del rendimiento, ¿por qué no preguntarnos qué tan agroecológicas son nuestras propias fincas santandereanas?
Tal vez la pregunta que debemos empezar a hacernos no sea solamente cuánto produce una hectárea, sino qué está construyendo esa hectárea mientras produce.
Entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿Cómo sabemos si una finca es realmente agroecológica? Quizá tengamos que mirar la finca como un sistema vivo, económico y social, cuyo verdadero desempeño se revela no solamente en lo que cosechamos hoy, sino en las posibilidades que dejamos para cosechar mañana.













